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Momento poema: La esencia de tus sesos.

De vez en cuando la vida te besa en la boca…como canta mi querido Serrat.

En este caso, de vez en cuando la vida, me muestra un poema…

Y entonces ocurre que debo enseñaros ese momento poema, liberarlo de mí y entregároslo para que lo adoptéis.

¿Tú, lo quieres? Si es así, deseo que lo disfrutes.

Se titula:

La esencia de tus sesos

⁣⁣⁣»Quisiera ser tan alta como la luna.⁣⁣

Y rozar con mis dedos tu piel escurridiza.⁣⁣

Tocar como en caricia tus versos encendidos,⁣⁣

prendidos en suspiros de una noche de ensueño.

⁣⁣⁣⁣Quisiera ser tan alta como la luna.⁣⁣

Para beber de un beso la esencia de tus sesos.⁣⁣

Emociones que en canto cosquillean en flor⁣⁣

la tierna melodía de grito hecho canción.⁣⁣⁣⁣

Quisiera ser tan alta como la luna.⁣⁣

Y robarte el espacio que regalan tus huesos.⁣⁣

Hacerte hoy el amor en un escalofrío

⁣⁣perpetuo en el deseo que vive en cada brío.⁣⁣

Espasmos que acompañan la batalla exhibida

⁣⁣en triunfo escogido, profundo y placentero.⁣⁣

Con la luna, lunera, testigo del amor».

⁣⁣⁣⁣𝐄𝐬𝐩𝐞𝐫𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐀𝐛𝐫𝐢𝐥 𝐄𝐬𝐜𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐚

Taller literario sobre perspectiva de género: Voz narrativa testimonio.

¡Hola! Quiero compartir con vosotros algunos ejercicios que estoy realizando dentro del Taller literario sobre perspectiva de género que realizo en cinco sesiones en la biblioteca de mi ciudad, Gavà.

Son textos cortos en los que intentamos ser fieles a una técnica narrativa determinada. En este caso debía escribir un texto muy breve utilizando una «voz narrativa testimonio«.

Aquí os paso el ejercicio que, por cierto, es bastante imperfecto, ainsss, jeje.

Textos Taller literario

Nada de lo que decía en ese momento parecía calmarles. Aparté del fuego la sartén y tiré con ira el delantal al suelo. Abandoné la cocina segura de lo que hacía. Mientras me ajustaba la chaqueta y peinaba con poca traza esos pelos alborotados y sueltos que afeaban mi larga coleta, pensaba si realmente mi teatrillo surtiría efecto para esos dos nuevos mocosos. Desde el fallecimiento repentino de Toby, en casa no levantaban cabeza. Sí, la edad hacía mucho, sí, sin embargó jamás imaginé lo que el perro suponía para ellos. Por las tardes ya no jugaban juntos. Ni siquiera encendían la tele para ver su programa favorito. Habían descuidado mucho su aspecto. Ella dejó de ser coqueta y ya no elegía su ropa preferida todas las noches antes de dormir. Él ya no quedaba con sus amigos en el parque, a pesar de mi insistencia. No servía de mucho ser pesada. Si no recoges esto no iremos de paseo. Si no te comes la comida no te compraré lo que me pediste para tu cumpleaños. En realidad, estaba acojonada. No me imaginaba lo duro que era verlos vivir ese momento de sus vidas. Pronto dejaría de ser útil para ellos, tendría que delegar y permitir que otros profesionales continuaran la tarea. Ya no tendría a quién cuidar, tener mi edad me dejaba desamparada para dar todo el cariño que aún albergaban mis entrañas.

Hice ruido con las llaves simulando abrir la puerta.

Al poco aparecieron los dos juntos, por fin en silencio. Me pidieron que me quedara, al unísono, con un hilo de voz débil y tembloroso que emitían como si de un coro de ángeles se tratara. Era tan dulce verlos juntos, ver cómo me miraban con sus caras de niños buenos.

Cuando de mí se trataba mis padres siempre hacían las paces.

Disfrutad mucho del día, enamorados de la literatura.

Relato: Anabel en el paraíso

Mujeres mayores, protagonistas de relatos y obras literarias.

Hace unos días, terminé de leer la novela de Rosa Montero, La carne. Fue un regalo de mi último cumpleaños que hacía tiempo que tenía ganas de leer. No me defraudó, llevar el sello Rosa Montero es una garantía, aunque reconozco que no es su novela más redonda. Lo que más me gustó de esta historia de Rosa, es que me sentí muy identificada con Soledad, su protagonista, por varios motivos (a pesar de algunas diferencias como la edad y el estatus social), y eso me hizo sonreír a menudo.

La Carne, Rosa Montero

Las dos somos mujeres independientes, con la misma «fobia» al compromiso pero «necesitamos» sentir que nos aman y que somos únicas. Nos gusta llamar la atención y pasar desapercibidas a la vez. Yo también temía morir «sola», aunque ese miedo ya lo he superado.

Describe las sensaciones y las emociones que puede vivir la mujer madura de hoy en día. En este caso, una mujer independiente, con una profesión que le gusta y le ha dado sus mejores momentos personales. La inseguridad que genera el cumplir años, la consciente y continua comparativa con mujeres exitosas mucho más jóvenes. Lo mucho que nos condiciona el vivir determinadas situaciones en nuestra infancia y adolescencia. Cuánto nos influye la relación con nuestros padres. No continuo para no desvelar nada.

Es una novela fresca, de lectura fácil, y que destaca también por la mención a diversos escritores «malditos», que hace que mantengas la atención hasta el final y vale la pena tener en cuenta.

Es probable que otros lectores de la historia hayan sacado conclusiones distintas, aun leyendo las mismas palabras, pero este es el sabor de boca que me deja a mí.

Os hablo de esta novela, porque además de que quiero recomendarla, ha hecho que saque del baúl de los recuerdos un mini relato que escribí hace unos 15 años: Anabel en el paraíso. La historia de una mujer que ya es abuela y viuda, y su derecho a satisfacerse sexualmente con quien mejor le plazca. Algo en común tiene con Soledad mi querida Anabel.

Os la presento sin corregir. Es un relato escrito cuando, ni por asomo, tenía intención de dedicarme a escribir «en serio». Me hace ilusión compartirla. Así que, por eso, el atrevimiento.

Es muy probable que aparezca en una antología de relatos que quiero preparar en cuanto finalice mi segunda novela, Deja que arda. Para entonces, ya la pondré bonita. Ahora solo quiero que te quedes con su esencia.

Un abrazo y sigue leyendo siempre, enamorado de la literatura.

Mujeres maduras al poder

Anabel en el paraíso

Anabel sube las escaleras despacio pero enérgicamente. Una mano apoyada en la barandilla, en la otra, la bolsa de la compra. El calor se traduce en una ligera humedad instalada en el nacimiento del frágil pecho y en su cuello. Está cansada, pero feliz. El día ha sido largo, ajetreado y piensa en ellos, esos niños, sus nietos, que acaparan casi todo su tiempo.

Pero ahora, por fin, tiene una hora. Una hora para prepararse y en una hora, abandonarse sin tiempo, sin cuerpo, sin mente, sin alma. 

Abandonarse para poder encontrarse de nuevo con su tiempo, su cuerpo, su mente, su alma.

Esa hora después su corazón late, pum-pum, pum-pum, con mucha fuerza. Un golpe de calor invade su cuerpo traduciéndose en una excitación nueva, convertida en rica humedad, que esta vez, cosquillea todos los rincones de su cuerpo. 

Abre los ojos, quiere ver el cuerpo moreno, la piel suave y brillante del muchacho, del intruso que bucea en sus entrañas, que con dulzura abre sus piernas y las sujeta con firmeza. Anabel observa ese pelo largo, negro, liso, suelto, moviéndose suave, pausado, notando la fuerza de las manos del muchacho sujetando sus caderas. Ríe tímida y gime, entrecortado su aliento. Por unos segundos aprieta con sus piernas la cara del guapazo y ya sin fuerzas, las aparta, las estira. Ahora no le pesan, casi ni las siente, levita su cuerpo en el ambiente.

El muchacho levanta su cabeza y observa sonriente el rostro de Anabel. Participa del placer y adelantando todo su robusto cuerpo con el impulso de sus brazos, encaja su miembro en el sexo caliente y gustoso de ella.

Y ella, en ese instante,  gira la cara y mira de reojo el estante donde la fotografía de Pedro, su marido, la observa solemne con una oscuridad acusadora. 

Pero vuelve a cerrar los ojos y abandona su mente. 

Desde que Pedro ha muerto Anabel ha aprendido a compartir la oscuridad de esa mirada con el placer oculto y latente que habita en el paraíso.

© Noelia Terrón Torres.

Relato: Las nubes están muy altas

Cuando el dolor ya no tiene sentido significa que las nubes están muy altas. Dejar de sentir miedo es el primer paso para abrazar a la muerte inevitable.

Os comparto este relato que escribí para un concurso con una temática muy concreta. He retocado las dos o tres frases que hacían alusión a lo que se solicitaba para poder participar.

Quizás más adelante le de otro vuelta, para mejorarlo o enfocarlo desde otra perspectiva, pero hoy lo comparto tal cuál fluyó. He de decir que lo escribí en menos de dos horas y lo presenté un minuto antes de que se cerrara el plazo.

Las críticas serán acogidas sin rencor 😉

Las nubes están muy altas. RELATO
Las nubes están muy altas

Hacía frío en el avión, a pesar de ir rodeado de más de trescientas personas. Avisó a la azafata, que con mucho gusto propuso traerle una mantita ante la mirada atónita de los compañeros de asiento.

No estaba cómodo, sabía que volver a casa no sería bueno. No en esas circunstancias. Pero tenía la obligación de hacerlo. Quince años eran muchos, y a sus cuarenta y ocho el motivo estaba más que justificado. Habían pasado dos días y ocho horas desde que recibió la noticia. Su corazón dejó de latir durante varios segundos. Se ahogó en la copa de vino que degustaba en el jardín de casa mientras Pipo ladraba desesperado y sin sentido. No recuerda nada más. La lágrima que corría fugitiva por la mejilla. La maleta de policarbonato resistente a los golpes emocionales imprevistos, con dos mudas y poco más. Anita, su asistenta, revisando que no le faltara lo esencial; cepillo, pasta de dientes, cartera, billete.

La manta no era muy grande, pero le alivió enseguida, por lo menos al principio. Doce horas de vuelo. El pánico a no aterrizar vivo siempre le acompañaba, aunque por motivos de trabajo cogía aviones al menos cuatro veces a la semana. Trayectos cortos, sí, pero el cielo estaba siempre por encima de las nubes. Y las nubes están muy altas.

Más dura será la caída ―le dijo una vez aquella a la que amó, envuelta en su rencor.

Desde ese momento, estaba presente a cualquier hora, en cualquier rincón de su finita memoria, de forma casi permanente, a pesar del océano que les separaba.

La caída más dura siempre ha sido la muerte. No la de uno mismo. Siempre es la de los demás, de las personas y seres que quieres. Pero él no lo recordaba. Por eso el sudor frío, el ahogo continuo desde hacía dos días y ocho horas, cuando conoció la de ella.

En el instante en que la voz de su madre, a través del teléfono, le recordó quién era y quién quiso dejar de ser hace ya muchos años, ella le tomó la mano. Con la otra paró su corazón con la maestría pura del que domina el tiempo y lo hace añicos sin misericordia.  Ya no le abandonó, ni siquiera un instante.

Ahora estaba junto a él. Dormitaba en el estrecho pasillo del inmenso avión, velando por su sueño amargo. Cuando abría los ojos, en un intento desesperado por estar consciente de todo, viviendo cada segundo, la veía con su vestido blanco y el bebé de ambos entre los brazos, musitando la nana dulce de mamá primeriza.

Alberto nació con una enfermedad de corazón por la que no le daban más de un año de vida. Su corazón quería crecer más que su cuerpo. Ocupaba el espacio de sus otros órganos vitales, invadía su propia naturaleza. Era gigante el amor que desprendía en un mundo de celos, envidias, rencores, inseguridades. Historias familiares con raíces pobres, pero arraigadas con una fortaleza que arrasaba sus existencias. Nació para sanar esa raíz.

Contra todo pronóstico vivió cuatro años rodeado de todo el afecto del mundo, pero en un universo lleno de dolor. Palpable detrás de una sonrisa. Agazapado tras la lágrima de felicidad por el cumpleaños logrado. En los suspiros de sus padres cuando hacían el amor como desahogo, víctimas de una fingida normalidad, yermos ya de amor y de esperanza.

En el momento que la luz desapareció definitivamente de la carita de Alberto, Elena no puedo soportarlo. El cuerpo deforme de su adorado bebé la atormentó hasta el último suspiro de este. Cuando la tierra devoró los huesitos endebles, la carne tierna, el corazón gigante, ella se dejó seducir por la tristeza y sus ojos se perdieron en un abismo de estrellas caídas, de ángeles del infierno en el que la reina era ella. Elena y Alberto murieron el mismo día. Uno para convertirse en polvo, en semilla de un nuevo nacimiento, tal vez inerte. Elena para vagar entre el ruido de su oscura cabeza y pisar descalza las arenas movedizas de su vida sin él.

Martín se despertó de forma inesperada, desubicado. Una mano helada había rozado su moreno cuello. La mujer que pasó por su lado, camino del lavabo, le hizo ver a Elena. Misma altura, mismo color de pelo. Sus ojos marrones difuminados, empañados por la pena, en ese naranja fuego de llama intensa. Sintió un perfume singular sin acabar de reconocerlo. Hizo venir a la azafata de nuevo. No llevaban ni una hora de vuelo. El cielo de Barcelona todavía no había nacido para él. Un whisky y un agua. Eran las once de la mañana, no quería soportar el tedio y el terror inexplicable que sentía sin un gramo de alcohol fluyendo por su sangre.

A la vuelta, ella giró su cabeza para mirar a Martín con toda la intención, clavándole la oscuridad de su mirada electrizante. Le sonrió. Martín soltó el vaso, sorprendido del escalofrío que recorrió su columna y cayó a sus pies como cuchillo hiriente. Aspiró la misma fragancia de hacía unos minutos y no pudo más que bajar la vista, aturdido. Era el pasajero que buscaba, ella lo sabía, por eso provocó una turbulencia estremecedora, capaz de agitar su corazón, que pesaba tantos kilos como su hijo muerto, para que no se despistara, para que supiera que estaba allí, en su viaje al vacío desde las nubes altas.

La espalda de ella era perfecta. La vestía, como una segunda piel, un elegante vestido negro hasta sus rodillas. Los huesos de sus hombros y la blancura de su piel, nítida y sana, dibujaban una silueta poderosa que endiosaba su presencia, única y distinta.

Martín no dejó de pensar en ella desde ese momento, mientras intentaba luchar contra la imagen de su hijo muerto, en brazos de una mujer poseída por la locura, tan lejos de aquella Elena de veinte años que le conquistó.

Comenzó a sudar y dejó la manta en el suelo. Su compañero de asiento se aflojó el cinturón y carraspeó molesto. Martín se puso música. En las pantallas diminutas Clint Eastwood los miraba desafiantes, sin mediar palabra. Su imagen triplicada en treinta y tres filas, lo mareaba. Intentó relajarse y se empeñó en centrarse solo en la melodía que salía de sus auriculares. Sin embargo, Alberto lloraba sin mesura, Elena le suplicaba atención, su blanco vestido ya plagado de sangre. La bella mujer de negro, cinco filas más adelante, se giraba mostrando la blancura de sus dientes, conjunto perfecto para sus labios de un rojo intenso, color cereza madurada en exceso al sol. Martín no podía respirar. Cerraba los ojos, para no ver, para no sentir, para no vivir. Pero algo más grande le empujaba a despertar sin quererlo y hacía que le ardiera el vientre, la garganta. El cansado músculo latía cada vez con más rabia, pesado y envejecido de repente.

Otro whisky, por favor.

Otro whisky, por favor.

Otro whisky, por favor.

La azafata le sugirió comer algo, casi le imploraba, con sus ojos rasgados y una mueca dulce en sus gruesos labios. Negó con la cabeza. Le sonrió con su boca pastosa a la cuarta copa y le agradeció con un gesto lleno de una ternura desconocida. Ya no escuchaba música, solo el grito desesperado de Elena, la carcajada desencajada de la misteriosa mujer de negro, el llanto sin pausa de un Alberto bebé.

El móvil cayó al suelo, en un intento inútil por ver unas fotos que le había enviado su madre.

La mujer de negro se lo devolvió, obligando a Martín a rozarle la mano, pequeña y suave.

¿Estás preparado? La pregunta de ella le dejó sin palabras.

Miró a su derecha. Elena asintió con su cabeza contestando por él.

Martín las miró alucinado. Lloraba como un río sin piedras en el camino.

Ella le agarró la copa y la bebió con ansiedad. Comenzó a desvestirse. Empezó por sus zapatos de tacón. Diez centímetros menos le separaban del aroma a brasa quemada y miedo.

Una vez traspasadas las nubes, ya no sentirás pánico. Es más, la falta de aire comenzará a ser algo placentero. Por fin conocerás la felicidad.

Bajó su cremallera por detrás con absoluta destreza, dejando al desnudo sus pechos y su pubis. Elena consiguió callar al bebé y se sentó a descansar con una sonrisa pacífica y bella. Abandonó los signos de cansancio, sus ojos y su pelo volvieron a brillar.

Martín sentía los pinchazos cada vez densos en su corazón, su brazo apenas respondía.

Vuelve a mí. La mujer le ofreció su cuerpo virgen.

Él sudaba, quería gritar, pero ya nada en su cuerpo respondía. El blanco de las nubes le atraían como un imán.

El salto fue traumático. La angustia se apoderó de su ser. No podía controlar ese cuerpo que ya no era suyo, perdidas sus fuerzas con el ahogo que provoca la magia negra en su víctima. La mujer de negro le agarraba con firmeza.

No temas. Le dijo en un grito triunfal y sereno.

Martín observaba todo junto a su verdadera Elena. Acariciaba a su bebé y comenzó a sentir la caída como una liberación del peso, de la losa que le acompañaba desde que lo perdió.

La azafata intentó reanimarlo sin conseguirlo. Las turbulencias ayudaron para desatar la histeria entre los pasajeros cercanos.

La mujer de negro flotaba a su lado como un pájaro más. Alberto apretaba con sus deditos la mano de Martín. Elena recostaba con amor su cabeza en el brazo de aquel que acompañaba a la muerte en la caída más intensa y mágica de su vida.

https://youtu.be/Pm5L30mPrBI

Gracias por leerme, enamorado de la literatura.

Grandes retazos de literatura: Microrrelatos

Por qué los microrrelatos son un buen alimento para una novela

Últimamente me estoy acostumbrando a escribir microrrelatos para Twitter. He pensado que es la mejor manera de darle utilidad a esta red social que me cuesta tanto entender.

Desde siempre, el arte literario con el que mejor fluyo es con los relatos cortos o cuentos. Y aunque mis aventuras más recientes y excitantes las llevo a cabo a través de la novela (Publicada mi querida De espaldas al mar y en proceso la segunda, Deja que arda) tengo que reconocer que escribir esos retazos – delicatessen como yo los llamo- son un reto que todo escritor que se precie debe disfrutar.

Además, son un excelente motor para empezar una novela o iniciar un capítulo, adornar un párrafo, por ejemplo. Por lo menos en mi experiencia y entender.

Son inspiradores por la tremenda dificultad que, en mi caso, genera el tener que plasmar una idea, situación, descripción, etc, con el mínimo de palabras posibles.

La mejor definición de microrrelato es: narración de extensión muy corta.

MICRORRELATOS

¿Quieres probar tú también a escribir alguno?

Lee antes estos consejos breves:

  • Sé breve 🙂
  • Sé conciso, ve al grano.
  • Experimenta. El microrrelato acepta distintos géneros literarios.
  • Utiliza la elipsis. Aquí no hay espacio para crear un inicio, un nudo y un desenlace.
  • Deja que el lector se impacte, a través de un texto original, con fuerza y que le permita imaginar.
  • No te olvides de ponerle un título.

Aquí os dejo algunos ejemplos de los que he publicado. Espero que os gusten.

RETAZOS LITERARIOS

Me han dicho que lleva clavado en sus ojos mi dolor. He seguido su rastro, buscando el perfume que deja su boca en mi cuello desnudo. Le he sorprendido en la caricia a otro rostro. Sus ojos verdes han vuelto a brillar, igual que mi corazón, liberados del peso del engaño.

Final feliz

Deseaba matarle. Se acercó por detrás a la figura borrosa que le mostraban sus miopes ojos. Él giró todo su cuerpo intuyendo su presencia y sonrió a Sabina. Ella soltó el cuchillo en su bolsillo y sin darle tiempo a reaccionar lo besó con descaro y suplicó perdón.

Deseos

Aún recuerdo su rostro. No más su nombre. Me robó la peca que bailaba sobre su hombro, mordida y cómplice de mi excitación. Igual que la mancha de carmín en el vaso. El labio de tibio ron añejo. El andar con el perfume eterno de lo que ya es olvido.

Su nombre es ayer

Gracias por leerme, enamorado de la literatura.

Cuando tu libro se nutre de obras excepcionales y lo hacen mejor.

La razón del mar y su conexión con De espaldas al mar

Hace casi tres años terminé de escribir mi novela De espaldas al mar. Se quedó guardadita en mi pc, esperando su oportunidad, sin tener muy claro si acabaría compartida con los demás o simplemente sería otro de mis pequeños tesoros personales.

En 2020, impulsada como muchos por una situación anómala, por inesperada e inimaginable, con ánimo de darle una motivación a mi existencia, decidí que había llegado el momento de ofrecerla al resto de mis congéneres. Y me puse manos a la obra indagando en ese mundo editorial tan desconocido para mí.

No fue ese adentrarme de lleno en la edición lo que más llamó mi atención. Quería saber qué otras letras, qué otros autores podían ser la mejor antesala para la lectura de mi libro. Qué palabras adornarían su presentación, abrirían la puerta a mi universo literario previo a haber tocado mi alma.

No dudé demasiado. La razón del mar, libro de poesías, estaba conectado, sin dudarlo, con De espaldas al mar. De entre muchas opciones, poemas infinitos, retazos de novelas inolvidables, le elegí a él.

La razón del mar

A Lluís Fernández lo conozco de hace muchos años, esos en los que MySpace era el rey de las redes sociales del momento. Un grupo de aficionados (lo digo por mí) y de escritores que intentaban darse a conocer, nos unimos por el amor a la literatura en una tela de araña perfecta, diseñada para quedarnos atrapados, libres y voluntarios, entre palabras y creaciones únicas. Compartíamos nuestros escritos y recibíamos feedback de los compañeros.

Todo lo demás es historia. Lluís sigue formando parte de mis amigos virtuales. Es una persona por la que profeso una gran admiración. Su poesía es mágica. Hilvanada con destreza y a la vez tan etérea que siempre quieres seguir leyendo, para que sus palabras no se escapen y queden retenidas en tu cabeza a través de las imágenes que provoca, las emociones que destila, la pasión con que impregna cada frase.

Uno de sus poemas, para mí excepcional, da paso al corazón de mi libro. Puedes leerlo completo aquí, y por supuesto, en el libro de poemas La razón del mar, publicado por la editorial Mandala Ediciones y autoría del propio Lluís.

Desear es un viaje en el tiempo,

un robar pedazos de futuro y traerlos aquí,

donde aún la vida.

Extracto de un poema de Lluís Fernández de su libro La razón del mar.

Me encanta compartir belleza. Me encanta compartir. Me encanta…

Feliz semana, enamorados de la literatura.

PD. Os recuerdo que el 23 de abril firmaré mi novela en el stand de la biblioteca Josep Soler Vidal de Gavà. Será un Día del Libro y de Sant Jordi excepcional para mí.

Firma de la novela ‘De espaldas al mar’

Extracto novela «Deja que arda»

Seguimos creando y quiero compartirlo.

¡Oh! Cuanto tiempo, querido lector y enamorado de la literatura, sin compartir parte de mis creaciones y reflexiones contigo.

Estoy completamente sumergida en la promoción de mi primera novela, y dándole forma a la segunda, Deja que arda (Título provisional).

Novela, Deja que arda

Os pido perdón, aunque en las redes sociales suelo estar muy activa, no hay razón para no dedicarle el cariño que esta página merece.

Y es por eso que voy a resarcirme y os voy a presentar un pequeño extracto de la novela que tengo entre manos. Es un borrador, recién sacado del horno y aún no he dejado que se enfríe, por lo que ruego no tengáis en cuenta posibles errores ortográficos, repeticiones o cualquier otra incongruencia que podáis detectar.

Os pido ayuda para que me digáis si el texto fluye, el diálogo está bien creado y los personajes son creíbles.

Os diré que esta novela es una gran colmena de personajes, todos entrelazados y conectados entre sí, aun sin saberlo. Es un reto para mí y lo estoy disfrutando muchísimo.

¿Me ayudas a mejorarlo?

Espero que lo disfrutes. Estaré encantada de leer tu feedback, en comentarios.

Feliz lectura, enamorado de la literatura.

La tarde estaba en calma, llena de rosas en el mar. Las siluetas vagas de personas sin nombre se movían a uno y otro lado de la arena, que Mavi adivinaba todavía fría, de una de las playas a la vista. Algún perro ladraba mientras jugaba. Hugo volvió de la cocina y le entregó la copa con un vino color otoño. La terraza de la inmensa casa parecía un gran mirador, de esos que te encuentras en medio de la nada cuando viajas a ninguna parte, con la ilusión del idiota que quiere recorrer el mundo para descubrirse a sí mismo. La casa había sido incrustada, a golpe de máquina destructora, en la misma naturaleza, entre enormes rocas color tiza gris usada y árboles verdes de copa gruesa y redondeada. La altura le daba una perspectiva mágica, una presencia de gran señorío, finas líneas magistralmente definidas entre formas erosionadas y tan viejas como el mismo mundo. Para bajar al mar, Hugo había creado un sendero de tierra y piedra, respetando los trazos del lugar, irregular y sinuoso, de cerca de un kilómetro hasta llegar a la hermosa arena de tonalidades metálicas y doradas. La pequeña playa a la que se accedía era privada, el tortuoso camino hasta llegar a ella solo era posible desde el atajo que tan hábilmente había planeado. Pero siempre había alguna barcucha varada en su arena, de algún turista despistado o ajeno a las normas. Hugo nunca los echaba, incluso si estaba en casa y el tiempo se lo permitía, bajaba y mantenía conversaciones con los integrantes de la excursión, que nunca eran más de tres o cuatro y los invitaba, camino arriba, a tomar una copa en su pequeño palacete.

― ¿Te acuerdas de la última noche antes de mi marcha? Se sentó en uno de los cómodos balancines cruzándose de piernas como si fuera a practicar yoga. No había cambiado tanto, mantenía su semblante de joven divertido y soñador.

 ― Apenas, dijo Mavi girándose del todo para mirarle, dando por completo la espalda al horizonte

― Es imposible que te acuerdes porque no viniste a nuestro encuentro

― Recuerdo cómo lloraba en mi habitación. Por tu marcha y por lo que se me venía encima―contestó en un tono amargo.

― Disculpa, siempre olvido ese detalle. Pero debes entender que en ese momento ¡no lo sabía!

― Hugo, lo sé. No he venido a reprocharte nada, sería y es absurdo

― Estaba casi o tan nervioso como el día que te besé por primera vez―dio un sorbo largo a su copa y prosiguió emocionado como aquel adolescente que dejó de serlo aquella noche. Tú no llegabas y me sentía realmente nervioso. Ojalá hubieran existido los móviles en aquella época―Y sonrió abiertamente dejando entrever su perfecta dentadura.

― Nooo, hubiera sido horrible. Adictos a estos bichos durante tantos años, ni hablar...

Interrumpió la carcajada mutua.

― Déjame que te cuente ―Prosiguió serio de nuevo. ― Te esperé casi una hora y empecé a quedarme tieso de frío pues no cogí la chaqueta, ¿te acuerdas?, aquella chupa negra que me regalaron por Navidad y que querías robarme sí o sí.

― ¡Sí! Ahora la recuerdo

― Decidí ir hasta tu casa y llamé al timbre. No se me olvida, tercero, tercera. Me contestó tu madre y me dijo que estabas cenando, que no podías salir ni un segundo. Le supliqué que te dejara ponerte al interfono y me dijo que no. Me dejó con la palabra en la boca. Subí la cuesta hasta mi casa. Estaba cabreado, muy cabreado, y andaba pegando patadas a todo lo que me encontraba en el trayecto. De la nada apareció Estrella, sí, tu supuesta mejor amiga, aquella que siempre hablaba mal de ti a tus espaldas porque estaba por mis huesitos. Andaba deprisa pues llegaba tarde a casa, pero cuando me vio desaceleró y comenzó a interrogarme, de dónde venía, cuándo me iba. Yo al principio la ignoré, solo quería verte a ti. Ella tocó mi hombro firmemente y me hizo parar. Me dijo que quería que me llevara el mejor recuerdo posible. Rodeó mi cuello con sus brazos, acarició mi cara y me besó. Sé que no me resistí, incluso me gustó. No recuerdo cuánto tiempo pasó, pero estuvimos un buen rato refugiados en la portería de Juanma, aquel alto y fuertote que jugaba con vosotras a la cuerda cuando éramos pequeños. Yo había estado días y días grabándote de la radio todas las canciones que te gustaban. Pendiente de darle al “rec” justo cuando el locutor paraba de hablar y al stop una milésima de segundo antes de que volviera a hacerlo. Me costó repetir y repetir, pero creo que conseguí comprimir en una cinta la esencia de nuestras tardes de pipas y morreos salados empapados en sudor.

― ¿En serio? Nunca me la diste. ¿Esa es la cinta que Estrella se vanagloriaba de tener como trofeo exclusivo tuyo?

― Espera ―Me dijo tras pegarle otro trago al vino y volver a servirse ― ¿Te dijo Estrella que esa cinta era para ella? No, no…yo estaba muy rabioso y cuando ella decidió que tenía que volver a casa o su padre la mataría me vi obligado a hacerle un regalo, tu cinta. Le dije que era algo que había preparado para ti y que no podría darte ya, le pregunté si la quería. Y me dijo que sí, arrebatándomela prácticamente de las manos. Se dirigió a su casa tan aprisa como pudo y yo me quedé hecho polvo durante largo rato en el portal, sentado sin saber qué hacer. La cinta llevaba tu nombre, estaba dedicada. Y yo arrepentido un segundo después de habérsela ofrecido.

― Se encargó de refregármelo largo y tendido durante todos los años que mantuvimos el contacto. No puedo creer que se la dieras a ella. ¡Joder!. Hubiera sido un gran consuelo para mí. Durante años solo quise morirme.

― No he terminado Mavi. Es que te mintió, Estrella nunca se quedó esa cinta. A la mañana siguiente salíamos temprano, sabía que tendría que madrugar o nunca más la recuperaría para poder entregártela. Me levanté el primero y me duché. Sin desayunar salí a la calle, casi vacía a esas horas. Bajé para su casa y eché el timbre abajo. Me contestó su padre. Oí los gritos que le pegaba y cómo se cagaba en todos mis muertos sin remordimientos. Estrella apareció en el balcón, con los ojos lagañosos y una bata enorme color rosa ―Hugo se para y se ríe sin mesura ―El sol le daba de pleno en la cara, brillaban sus ojos “bizqueantes” y sus rizos rubios. Le pedí la cinta, le dije que me había equivocado, casi lloraba como un bebé para darle pena. Volvió a meterse para adentro sin decir ni mu, pensé que la había perdido para siempre, pero me mantuve estático en medio de la carretera, impasible, gritando su nombre. En poco menos de un minuto volvió a aparecer. Se escuchaba jaleo detrás de ella, algún portazo. Empecé a pensar que su padre bajaba para partirme la cara y me puse como los locos. Sin pensárselo dos veces me llamó imbécil al tiempo que la tiraba por el balcónHay mil tíos componiéndome canciones exclusivas para mí, gritó, ―no quiero las sobras,―y desapareció para siempre. Por suerte era un primero y la funda del casete, que sí quedó cascada, amortiguó el golpe, la cinta estaba intacta. Corrí calle arriba como caballo ganador y me despedí de mi barrio al poco rato.

― Nunca hiciste por dármela. Bebió sin saber qué más decir, seguía intimidada por Hugo, por el lugar, irritada por la historia.

Hugo se levantó y llenó la copa de Mavi. Cuando terminó le tendió la mano.

―Ven, te la doy ahora. La cogió suavemente.

Mavi abandonó la copa en la mesa de finos azulejos en miniatura y se dejó llevar.

― ¿De verdad guardas la cinta? No me lo creo.

Pasaban las habitaciones, una a una, por el largo pasillo de cálido parqué, agarrados de la mano, ella detrás temblorosa e incrédula.

La última estancia daba a un jardín interior con todo tipo de plantas y coloridas flores, de suelo empedrado y césped artificial. Parte del jardín era un solárium pequeño y acogedor. Hugo abrió la puerta y la hizo pasar. Mavi no daba crédito a lo que veía. Había regresado a los años 80. El despacho era un auténtico homenaje. Con posters de la época de Kevin Schwantz o Darth Vader, varias guitarras en fila apoyadas en perfecto orden en sus soportes. La primera, la que tantas veces tocó sin saber en la habitación de Hugo, le erizó la piel solo su roce. Ordenadores de sobremesa de pantalla redondeada, un par de tocadiscos en perfecto estado. Una librería enorme vistiendo toda una larga pared, con libros, vinilos y cds. Al fondo de la habitación, al lado de la puerta del jardín, una versión más moderna, con un despacho actual y la más alta de las tecnologías. Empezó a toquetearlo todo maravillada mientras Hugo sacaba una caja de uno de los armarios.

― Mira Mavi ―Llamó su atención tocándole la cintura. Mavi comenzó a prestarle atención.

 Viejas cintas originales y grabadas ocupaban una pequeña mesa auxiliar.

― Aquí está ― Y le entregó el casete perfectamente conservado. Era de la marca TDK, completamente transparente. Abrió la cajita y sacó la cinta. En una pegatina blanca y negra había escrito: Para ti. Quiero que siempre me recuerdes.

Mavi quiso hundir el dedo en la llaga.

― No pone mi nombre, nada certifica que esto fuese para mí.

― Dale la vuelta, mujer

Obedeció. En la otra cara leyó: Porque te quiero Mª Victoria. Escrito con una letra casi infantil. Quedó petrificada. Le llegó la energía que hacía poco más de 30 años estaba ahí, condensada para ella, aguardando su momento para explosionar. No supo qué decirle. Levantó la vista. Hugo sonreía complacido, como si su sueño se hubiera hecho realidad.

― Dame, vamos a ver qué tal suena. Está intacta, tal como quise entregártela la noche del 16 de marzo.

Mavi no recordaba la fecha exacta.

― ¿Pero tienes dónde escucharlo?

― ¿Acaso lo dudas, mujer de poca fe? Tengo hasta dos walkmans guardados.

Abrió una puerta del mueble librería y se descubrió un equipo de música Piooner, negro y metálico, como nuevo. Compacto con plato de disco, radio y casete incluido.

― Este fue el último que compré antes de pasar al CD. Lo usé muy poco.

Mavi le entregó la cinta. A los pocos segundos sonaba una melodía que siempre le encantó. Fue su canción favorita durante muchos años.

We´re talking away, I don´t know what I´m to say, I´ll say it anyway. Today is another day to find you, shying away, I´ll be coming for your love, ok?

Hugo se incorporó. Mavi había cerrado los ojos para sentir solo la canción de A-Ha. Los abrió al notar la cercanía de Hugo.

― Tengo el vídeo guardado en mi retina.

Él no dijo nada, solo la miraba.

― Hugo

― Dime Ma…

No tuvo tiempo de acabar, el beso de ella le cerró la boca, cortó su respiración e incrementó los latidos de su, hasta ahora, maltrecho corazón.

Novelas, extractos, creando

Cuentos de los hermanos Grimm y una novela.

De espaldas al mar nace en Navidad

Navidad de 2020.

Cada loco con su tema.

Unos que sí, otros que no.

Unos pidiendo yates, otros rogando salud.

Unos que si el 2020 tal y otros que si el 2021 cuál…

Cuentos de los Hermanos Grimm, Círculo de Lectores, 1977

Y aquí estoy yo abrazada a un libro.

Hablando de él.

Recibiendo regalos que son libros.

Escribiéndolos.

No menos, ni más loca que los demás.

Me gustaría contaros una cosa, mi particular cuento de Navidad. Una anécdota que me ha alegrado las fiestas.

Empecé a leer desde muy pequeña.

Recuerdo un libro con especial atención. Mi madre nos lo compró a mi hermana y a mí. Se titulaba Cuentos de los hermanos Grimm, una edición de 1977. Tenía 4 años.

Cada noche me dormía leyendo un relato, cada día lo leía. Se convirtió en mi fiel compañero. No miento cuando os digo que el lomo quedó completamente deshilachado de tanto uso. Lo hice viejo muy pronto. Y él me hizo amar la lectura muy joven.

Hasta el ratoncito Pérez sabía de mi afición. Un año dejó debajo de la almohada una versión infantil de Las aventuras de Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Devorado. Pienso en él con mucho cariño también. Después de esos vinieron otros. Muchos.

A los 30 años (Sí, lo sé, me independicé muy tarde) cuando me marché de casa, llené cajas y cajas de libros. Otros se quedaron en las estanterías de mis padres. Pensaba que mi libro de los hermanos Grimm estaría allí.

Pero lo he buscado años después y ni rastro. Tampoco mi hermana se lo llevó para sus hijos, ni lo regalamos a ningún peque de la familia. Así que, lo di por desaparecido y lo busqué de segunda mano.

Wallapop fue mi aliado, allí lucía intacto. Para mi cumpleaños intenté que me lo regalaran y al final decidí comprármelo yo. Eso fue en junio. Pero finalmente lo dejé correr (A veces me cuesta tomar decisiones por tontas que parezcan).

Pensé que no era prioritario. Qué quizás más adelante.  Que era un capricho.

Hasta que hace unos días me volvió la morriña. Vi que todavía estaba disponible. Lo dejé pasar de nuevo, confiándome- si después de casi 6 meses seguía sin venderse no me lo iban a quitar en unos días, pensé. Cuando por fin me decidí, ya estaba reservado. Escribí al vendedor, le pedí que me confirmara si lo tenía disponible porque lo quería ya con total seguridad, deseando que la reserva se anulara. Entraba en la aplicación todos los días. El dueño no me contestaba. Dos días antes de Navidad estaba vendido. Me puse triste. He sido incapaz de encontrarlo en ningún otro lugar y he rastreado internet de arriba a abajo.

Anteayer mi hermana me hizo su regalo de Santo como cada año. Sí, el 25 es mi Santo 😝.

Cuando abrí el paquete aluciné ¡Era el libro! La que me lo había «robado» de wallapop era ella.

No os imagináis lo feliz que estoy. Y el culpable es un libro.

Ese “primer” libro es el origen de este que publico ahora, De espaldas al mar. Desde ayer podéis leerlo, si os place.

El enlace de acceso es este:

En un par de días lo tendrán los amantes del papel.

También tiene su historia, como todo en la vida. En algún momento os la contaré. Ciertamente el proceso creativo es como un embarazo de alto riesgo y este parto ha sido complicado. Por lo menos en mi caso. Sé que el resultado valdrá la pena y vosotros podéis participar de él.

El 2020 empezó con buenas expectativas. Duraron poco. Tenía pinta de que me dejaría aplastada como una colilla por el zapato de un gánster, con saña. Sin embargo, me atrevo a afirmar que este peculiar año ya no será para olvidar.

2020, gracias por esta tregua y este regalo doble.

2021, quiero besarte.

¡Felices Fiestas!

Gracias por leerme, enamorados de la literatura.

©Noelia Terrón

De vez en cuando un poema…

O el intento de uno…

Poema sin encuentro

Te quiero a todas horas

En todos los futuros inciertos

En todas las botellas de cava vacías

que tenemos por beber.

En los roces tímidos

En los besos amargos

En las noches no vividas

Y en los amaneceres solitarios.

Te quiero todo el rato

En el pasado cálido

En la nevera repleta

solo de cerveza.

En la caricia tibia

En el labio mordido de deseo

En la noche salvaje

Y en el amanecer, abrazados, libres, sin heridas.

POEMA SIN ENCUENTRO
POEMA SIN ENCUENTRO

Espero que te guste, enamorado de la literatura.

©Noelia Terrón

¿Existen las escritoras de brújula y de mapa? ¿Debemos hacer esa diferenciación?

¿Existen las escritoras de brújula y de mapa? ¿Debemos hacer esa diferenciación?

Brújula y mapa. Brujúla o mapa ¿Nos etiquetamos?

La literatura femenina universal está llena de grandes escritoras que comparten con nosotros maravillosos textos utilizando unas, una precisa técnica narrativa, otras unos textos profundamente emocionales y otras que aúnan lo mejor de cada casa, técnica y emoción. Todas son imprescindibles e igual de válidas. Por eso, nos encontramos con una cuestión que es digna de mencionar y de analizar en este escrito.

Javier Marías, uno de mis escritores favoritos en lengua española, comentó en una entrevista que habían dos tipos de escritores: De brújula y de mapa.

¿Existen las escritoras de brújula y de mapa?

De mapa. Se dice del escritor que previo a escribir su novela ha construido la trama y los personajes y ha planificado el proceso creativo de su obra.

De brújula. Es el escritor que inicia su novela debido a una inspiración, sin haber planeado ni trama, ni personajes, ni desenlace. Puede tener una idea previa, pero no ha planificado el viaje.

Yo, que no soy nada dada a etiquetarme ni a encasillarme en ninguna faceta de mi vida, si me preguntan cómo me siento o con qué me identifico más como escritora, la respuesta rápida y más acorde a mi personalidad es afirmar que soy una escritura de brújula.

Pero cuando indago más sobre esta cuestión no puedo otra cosa que pararme a analizar. Realmente ¿existen las escritoras de brújula y de mapa? ¿Debemos hacer esa diferenciación?

Nos encontramos entonces con algunas de estas dicotomías:

  • Planificación versus aventura
  • Calidad técnica versus espontaneidad
  • Corrección continua versus corrección final
  • Control versus frescura

En mi experiencia como escritora, si alguna cosa me ha quedado clara es que el proceso de escribir es una transformación continua y que lo que empiezas con una determinada idea, planificación, estrategia o estudio previo, por citar algunas cosas, de repente toma otro cariz y la musa hace que improvises, que cambies acontecimientos, nombres, personajes, etc. Por lo tanto el control sobre tu obra puede desaparecer durante un tiempo. Te abandonas y analizas menos una frase y la dejas pendiente para casi el final con la ilusión de que siga encajando perfecta en el desarrollo. Sin quererlo te adentras en otro bosque del que te das cuenta que no quieres salir aun sabiendo que no sigue los pasos de la trama inicial…Y viceversa.

Por lo tanto, nuestro mapa mental puede que de inicio fuera incompleto, o erróneo, o sesgado y necesitemos una brújula para encontrar un mapa más acorde y a la inversa puede ser que esa brújula deje de funcionar y que esos primeros golpes de ciego que hemos dado en nuestro relato sean la base para planificar, ir corrigiendo, controlando lo escrito para dejar entrar de nuevo la espontaneidad y el fluir de la inspiración impulsiva que haga que nuestro texto sea de mapa y de brújula a la vez.

No importa el orden. Más tarde o más temprano tendrás que corregir, pulir, trabajar tu estilo. Y lo harás guiada por tu intuición, cuando decidas. Sin que afecte a la calidad de tu texto ni a la técnica.

ESCRIBIR NO ES UN ARTE DE BLANCOS Y NEGROS, HAY TONALIDADES MARAVILLOSAS

Escribir no es un arte de blancos y negros ¿lo sabías? Hay tonalidades maravillosas entre esas dos polaridades que harán que tu obra sea especial y puede que algún día, lleve un sello tan particular que cualquiera sepa sólo con empezar a leer que esa creación es tuya.

¿Tú cómo lo ves? ¿Crees que se puede hablar de escritores de brújula, de mapa, un mixto?

Estaré encantada de leerte en comentarios, enamorado de la literatura.

©Noelia Terrón