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Conociendo a los personajes de De espaldas al mar: Magalí

Hola, Holaaa

¡Uy! No os podéis imaginar lo contenta que estoy, por varias cosas, pero la primera y principal es que ¡por fin! me estreno en el blog de ésta, mi nueva página web.

Y ¿cómo me estreno? Pues con una sorpresa que deseo os parezca muy agradable.

Sabéis que prontito publico mi primera novela, De espaldas al mar, y que está llena de personajes y situaciones mágicas ¿verdad? Yo quiero que os enamoréis de ellos y de la novela en sí. Os he estado dando pistas durante varios meses por las redes sociales, descubriendo pequeños detalles para que sólo tengáis ganas de tenerla en vuestras manos y disfrutarla tanto como lo hice yo escribiéndola. Pero hoy, hoy, es un día muy especial. Porque Magalí, la protagonista principal, por fin va a presentarse en sociedad. Y me ha costado lo mío ¡eh! no os penséis que ha sido fácil, porque ella es muy suya. Le gusta guardar su intimidad y sólo sus amigos más cercanos conocen sus verdaderas emociones y sentimientos, y de éstos, tiene unos cuántos.

Lo que pasa es que la llamé y le dije: Magalí, pero si tienes ya un club de fans esperándote aun sin conocerte ¿no vas a darles una alegría? Ya toca. Y ella, que en el fondo tiene un corazón más grande que todo el mar que rodea Barcelona, pues ha decidido no hacerse de rogar más. Eso sí, me ha dicho que estaba agotada de escribir. Y le digo: Y ¿cómo vas a presentarte entonces? y ella que sabe un rato de redes sociales y de cómo comunicarse con su público, me ha dicho: Pues les grabo un podcast, así también me van poniendo voz.

¿Sabéis? Me ha parecido una idea fantástica. Si es lo que os digo, que es mágica…aunque no es la única…

Pues nada, no me enrollo más. Os dejo con su audio. A ver qué nos cuenta, que yo tampoco la he escuchado.

Antes de terminar, os recuerdo, que en breve podréis leerla, a Magalí, y a una troupe estupenda de amigos y amigas que tienen también mucho que contar, y que estarán a su lado, salvándose y salvándola de algún naufragio que otro con…siempre…final feliz. Estará disponible en Amazon. Ya os informo de la fecha. Besos

Aquella tarde

Sabíamos que igual no íbamos a tener más oportunidades. Como que era tiempo de tenerlas todas. Corrimos entre las piedras uno detrás de otro, siendo conscientes que podríamos caer. Lo intuíamos. La caída estaba en nuestros planes, como lo está el ser felices y nunca conseguirlo.
Paramos cerca del acantilado buscando un hueco dónde ubicar nuestros cuerpos para formar parte de un paisaje que no nos pertenecería nunca, que nos rechazaba por perecederos, como el ave ignora al que no tiene alas. Ella recostó su cabeza en mi ya prominente barriga de cincuentón. Entre mis piernas parecía una sirena pequeña y dorada por el sol. No hablamos de nada, nos comunicamos con el fuerte viento que conducía perplejo nuestras emociones. Sólo veíamos azul entre nubes espesas que pasaban. Nuestras cabezas imaginaban el mar brotando del oscuro vacío, alimentando con su rugir suicida las ideas del desesperado, del que quiere ser roca empapada por la sal infinita, ésa que escuece la herida que te arrancan. Cayeron las primeras gotas rotundas mientras acariciaba su pelo. Apretó mi mano con dulzura. Parece que va a llover fuerte, dijo. Y se incorporó acercando su cara a mi mejilla. Sólo con el roce me electrificó y con la ayuda de la irrespetuosa lluvia, todo en mí se estremeció. Ya un torrente empapaba nuestra piel de verano, su pelo encrespado se pegaba a sus pómulos blancos. Y comenzamos a reír como dos locos que han abandonado su cansado peso en el desierto ingrato ante la inesperada fuente. Nos incorporamos ayudándonos con la fuerza de nuestras risas tontas. Y volvimos a correr hasta la casa. Tropezando, agarrados por el abrazo del gigante, que dispara nuestros pasos con un impulso inhumano. El suelo del pasillo se empapó. Andamos descalzos como el furtivo inocente que no quiere ser descubierto. Ve tú a la ducha, no cojas frío, me dijo con una sonrisa sabia. Yo iré a recoger la ropa de la terraza. No escuchó mi invitación a quedarse para compartir el abrazo de otro agua más amable.
A su regreso, yo ya estaba seco y reconfortado. Se desnudó ante mí, fría y casi temblorosa. Únicamente quería admirarla. Escuché correr el agua y la canción que cantaba desde su alma. Esperé paciente. Y tapé su silueta con mi toalla enorme y vieja, al tiempo que ella recogía su pelo con aquélla que compramos una tarde de hacía poco, de mercadillo y vinos. Ella sujetó mi cara entre sus manos y me besó. Volvió a quedarse desnuda, todavía húmeda. La aupé con mis fornidos brazos entre risas y frases que no oía. Cedió también la toalla que secaba su rizado cabello, quedando inerte a las puertas de la habitación. La dejé con cuidado en la cama y la observé sin mediar palabra. El silencio lo decía todo, además de las miradas, que brillaban tanto como su pelo húmedo.
Deseo ese cuerpo. Era el único pensamiento que flotaba en mi cabeza. Mis manos dejaron caer el calzoncillo, apartándolo con desprecio. Me acosté sobre ella. Mi metro noventa ocultaba su pequeño cuerpo de mujer imperfecta. Ella abrió sus piernas de forma natural, como la flor que quiere compartir su néctar. Sin rechistar, aceptando la embestida. Sus labios mojados, hinchados por la excitación, favorecieron el empuje y un baile jamás ensayado acopló el ritmo de nuestros sexos. Nos besamos todo el rato hasta que no pudimos más y liberamos nuestras bocas para el gemido sano y extenuado. Me recosté a su lado. Nuestras respiraciones seguían acompasadas. Ella unió nuestras manos. El cielo que nos acogía era blanco.
El ventilador de techo sobraba. Nos arropamos a la vez con la sábana, divertidos y alegres. Mordisqueé su hombro ligeramente tostado y continuamos mirando hacia la nada. Nos durmió el sonido hipnótico de las hélices de desgastada madera junto con el plácido caer de la lluvia después de la tormenta.

Ilusiona Mayo

Este poema lo escribí en poco más de dos minutos. Me pidieron que no lo tocara, y así lo hice. De ahí su imperfección 

Ilusiona Mayo 

Miro tu boca y desaparece el hastío. De mi cara embobada emergen mariposas risueñas que me recuerdan quién soy.
Miro tu boca y encuentro, sin buscarla, la geometría sagrada de lo puro.
Y entonces, miro otro punto neutro para despertar de la hipnótica propuesta de tu sonrisa.
Ésa que me seduce queriendo y sin querer.
La que allana mi morada y me convierte en polvo
La que encuentra un aplauso tipo final feliz en mi mirada.
La que arranca sin pena, las penas de mi alma.
Y miro tu boca
Que se refleja en ti
Te convierte en el sabio que no quiere festejos, sino sinceridad
Y mis labios se mojan con belleza infinita
Se retuercen ávidos
Esperando la paz que ahora mi lengua es incapaz de mostrar
Y miro tu boca
Y un suspiro me embarga
Un te quiero me guardo
Un quizá me amará 

OBSESIÓN



Creía que había conseguido todo lo que un hombre puede querer en esta vida y se sentía satisfecho y seguro de sí mismo. Incluso, a veces, aparecía altivo ante la mirada de quien no le conocía. Tenía cerca de cuarenta y cinco años, una mujer atractiva, Ana, de la misma edad, un hijo de casi nueve años, Hernán, al que adoraba, un trabajo estable, por el que se atrevió a abandonar Buenos Aires hacía ya cinco años y que le permitía viajar por medio mundo y un nervioso perro, Blas, al que quería como si de otro hijo se tratase. Vivía con su familia en un espacioso piso a las afueras de Barcelona, rodeado de naturaleza y cerca de una playa que visitaba para admirarla cada fin de semana cuando no estaba fuera por trabajo. Estaba orgulloso de su cuerpo y de su vida.
Sí, Fede lo tenía todo, familia modélica y feliz, grandes amigos argentinos, con los que se reunía habitualmente para añorar a la tierra, perfectos compañeros de trabajo, con los que también compartía reuniones y tertulias diferentes y agradables, y una buena y cordial relación con sus vecinos. O con casi todos.
En los bajos de su edificio vivía una pareja de treintañeros que siempre estaba discutiendo, a cualquier hora del día o de la noche. Fede vivía en el piso  de encima y tanto  él como su mujer estaban habituados a escuchar las frecuentes discusiones y las posteriores reconciliaciones de la pareja. Al principio se sentían molestos ante tales acontecimientos pero al poco tiempo, se convirtió en una más de las muchas rutinas que formaban parte de su vida y se dormían prácticamente anestesiados con el sonido que provocaba tanto la cabecera, como los muelles de la cama ante los movimientos de los apasionados vecinos, Alejandra y Miquel, tras hacer las paces después de alguna de sus ya aburridas peleas.
Acostumbraba  a ver a la vecina cuando ésta regresaba de su trabajo. Casi siempre coincidía con ella al volver del paseo de la tarde con Blas. Fede, casi nunca la miraba a la cara, se mostraba distante ante ella, mostrándole una falsa timidez. Ella, seria y educada siempre le saludaba dirigiéndose al perro, al que sí le mostraba la mejor de sus sonrisas. Empezó a sentir por ella una especie de rabia incontrolada. Esa chica le gustaba y le hacía sentir que algo empezaba a fallarle en la vida perfecta que se había construido. A veces imaginaba que la encontraba en el rellano, por la noche y agarrándola de su frondoso cabello moreno la abofeteaba descargando la ira que sentía hacia ella por haberle despertado el deseo de querer tener algo que no le pertenecía. Él, que controlaba cada paso que daba, se veía atrapado por ser incapaz de paralizar un sentimiento que había adormecido a base de ignorarlo.
Una mañana de domingo, pasaban unos minutos de las diez, la música alta de su vecina le despertó del sueño que tanto le había costado conciliar. Se sentía fuera de sí, estaba como loco y ni siquiera Ana fue capaz de convencerle y tranquilizarle alegando que no era para tanto y que ya eran las diez de la mañana. Pero esa noche, había conseguido dormirse pensando sólo en Alejandra. Había soñado sin dormir que era él quien esa madrugada penetraba furioso el sexo de esa mujer que con sus grandes ojos se había adueñado de su cabeza. Había sudado, mientras daba la espalda a su mujer, intentando controlar la erección que le había provocado el pensamiento de ver a la vecina moverse sin pausa mientras su pareja se dejaba hacer por ella. El ruido de la cama rechinando y de los gemidos habían despertado sus ansias de pasión. Y no consentía que, tras la borrachera de imágenes imaginando cómo amarla, fuese ella de nuevo la que le devolviese su triste realidad de fingida formalidad. Casi sin pensarlo, llamó a su puerta con los ojos excitados y furiosos. Alejandra le abrió risueña, con sus labios color fresa, medio tarareando la canción que disfrutaba. Le cambió la expresión al descubrir la cara desencajada de Fede. Él se fijó sin remedio en los pezones que se marcaban en la ajustada camiseta de tirantes y escupió su discurso intentando no tartamudear pues notó, que, de nuevo, una ligera erección se apoderaba de él. La riñó  como a una niña, largo y tendido. Ella se disculpó sin resultado, una y otra vez, por haberle molestado, pero viendo que Fede había perdido los papeles se puso a su misma altura gritándole que no la tratase como a una cría, que ni su padre la reñía así y pidiendo de nuevo disculpas le cerró la puerta en las narices. Fede se mantuvo unos segundos tras la puerta, paralizado, la actitud de Alejandra le gustó. Aún seguía viendo los pezones pidiéndole a gritos que los tocase.
Tras el incidente de la música se habían topado más de una vez en la escalera siempre acompañados por alguna de sus parejas y se habían saludado con toda la educación posible, pero siempre mirando hacia otro lado.
De repente, un día Fede y Ana dejaron de escuchar discusiones, dejaron de sufrir las reconciliaciones de sus vecinos. Las noches se volvieron mudas. La calma se instaló con ellos, o por lo menos con Ana, porque para él esa calma se convirtió en un infierno ya que se había vuelto adicto a los gemidos de su vecina. Pronto descubrieron que los vecinos se habían separado. Miquel se había marchado de casa, y de eso hacía más de una semana. Fede quiso respirar hondo porque no sabía por qué sentía como un triunfo esa separación
Una tarde, mientras su hijo jugaba con Blas a la pelota, éste la coló sin querer en la terraza de Alejandra. Haciendo de tripas corazón bajó hasta su casa para pedirle el favor de devolverle el juguete. Le abrió la puerta con los ojos y la nariz roja de haber llorado, sorprendida de verlo a él. Fede fue lo más directo posible, pero también amable. Ella le invitó a pasar para poder cerrar la puerta y evitar que se escapase su inquieto gato. El comedor estaba en penumbra y había un intenso pero agradable olor a pachuli que lo hizo retroceder hasta su infancia vagando por los mercadillos de Buenos Aires. Ella llevaba una camiseta roja enorme y andaba descalza por la casa. Se acercó a la puerta de la terraza y subió la persiana el espacio suficiente para salir agachando ligeramente la cabeza, pero al recoger la pelota la camiseta subió los centímetros necesarios para dejar entrever su trasero, pequeño, redondo, respingón, vestido por un hilo negro terminado en un discreto lazo que decoraba su tanga. Fede lo veía todo en cámara lenta, impresionado por lo que observaba. Se quedó ensimismado con la imagen y sólo reaccionó torpemente cuando tuvo delante la pelota que Alejandra le devolvía con una triste pero sincera sonrisa. Casi sin dar las gracias se precipitó hasta la puerta, que cerró bruscamente tras de sí. Pero no podía olvidarse de lo que había visto. Alejandra era una mujer joven y hermosa que vagaba triste por su casa, recordando el aroma de su pareja al tener su camiseta pegada a ella, con un tanga minúsculo protegiendo su sexo y unos bonitos pies desnudos que la mantenían firme en la tierra. Fede quería desnudarla y besarle todo el cuerpo sin cansarse, hasta que los sorprendiese la luz del amanecer. Se inventó una excusa para Ana y su hijo y  sin demora ni extenso argumento se vio de nuevo observando la cara de sorpresa de Alejandra cuando le abrió la puerta. Dio un paso hacia adelante mientras la cerraba prec
ipitadamente y cogiéndola con firmeza del cuello la empujó hacia el interior y le besó los rojos labios con los suyos hambrientos.  La vecina olía a coco y era dulce como la miel. Ella lo separó y lo miró fijamente intentando comprender lo que pasaba pero tras unos segundos se dejó besar de nuevo con el fuego reflejado en sus ojos. Después, todo pasó muy rápido. Los besos furiosos fueron los protagonistas mientras se descubrió ya sin ropa, sentado en el sofá con Alejandra encima, meneándose libre y  rozando sus grandes pechos, con la boca sedienta del hombre al que ahora pertenecía. Con una mano recogía su largo pelo en una coleta, evitando que el sudor lo mojase un poco más, con la otra acariciaba el sexo de Fede multiplicando por mil el placer, mientras el vaivén hacía que sus pechos asemejasen barcas amarradas al puerto bailando a la deriva, al compás del intenso oleaje en una noche de tormenta.
El sexo terminó y los nuevos amantes se separaron sin dirigirse la palabra. Ella le acercó papel para que él se limpiase y se marchó hasta el baño dejándolo solo. Sólo se oía el rumor de la ducha mientras el agua caliente se escapaba sin resistencia.
Habían pasado varios días y no la había vuelto a ver y ya tramaba con su retorcida mente la ocasión y la excusa para volver a verla. Pero sí que la escuchaba. Cuando entraba, cuando salía, cuando dormía. Y anhelaba ver sus ojos profundos y el sabor de sus besos. Una noche se quería morir al escuchar espantado el roce de la cabecera de la cama de Alejandra sobre la pared, el ruido de los muelles defectuosos irritando sus oídos. Ana, somnolienta en la cama, sonreía y quería entablar conversación con su marido, curiosear, criticar a la atractiva vecina, pero Fede sólo pensaba en llamar a la puerta y asesinar con sus manos al hombre sin escrúpulos que la hacía disfrutar. No podía ser Miquel, no había visto su coche en el párking ¿Quién había usurpado su papel de amante? ¿Quién había osado satisfacerla sin su permiso? Los nervios le corroían y un fuerte dolor de cabeza le imposibilitaba dormir. El traqueteo de la cama se le había metido en sus sienes que palpitaban sin piedad y él quería matar con sufrimiento a quien en ese momento la poseía.
Tras un deficiente descanso, ojeroso, sin ningún poder de concentración en su trabajo, antes de llegar a su casa se presentó en casa de su vecina, llamando a la puerta extasiado y fuera de sí. Eran pasadas las nueve de la noche y Alejandra le abrió la puerta en un camisón de seda azul oscuro y de nuevo descalza. Se miraron a la cara unos segundos sin decir una palabra. Alejandra retrocedió pues su instinto le indicaba que  Fede entraría sin pedir permiso. Éste cerró la puerta sin violencia pero con firmeza acercándose ensimismado a la vecina, a la que empezaba a acorralar y agarrándola por la cintura la guió hasta el comedor mientras comenzaba a besarla. Ella lo separó, pero sin oponer resistencia, lo agarró de la mano y se dirigió hacia su cuarto, espacioso, de acogedores y originales colores. Se besaron largamente, ella apoyada en la pared mientras Fede desnudaba sus muslos al subir con sus manos el suave camisón, buscando el trasero prieto de Alejandra. La cama los acogió como una protectora madre resguardándoles del mundo que los acosaba ahí fuera. Hicieron el amor, con rabia, con intensidad, sin pausa, descubriendo las verdades y mentiras que ambos cuerpos habían acumulado a lo largo de sus años. Y disfrutaron. Y la cabecera chirrió quejosa pero complaciente a los oídos de Fede que escuchaba el sonido imaginando el jadeo de un animal en celo.
Se vieron todos los días de esa semana. Hacían el amor sin mediar palabra. Compartían un cigarrillo acompañados por el silencio que triunfaba tras el sexo. Luego ella se levantaba y se encerraba en el baño, dejando correr el agua de la ducha hasta calentarse. Entonces Fede se vestía, todavía tembloroso, recordando el sexo caliente de Alejandra y se marchaba sin despedirse.
El lunes le abrió la puerta Miquel. Ninguno de los dos disimuló su asombro. Pero Fede supo salir bien del paso con la excusa más tonta, mientras su corazón latía enojado al preguntarse cómo el coche de Miquel no estaba aparcado o no lo había visto.
Esa noche no pudo dormir mientras escuchaba con la angustia de un niño miedoso cómo los vecinos hacían salvajemente el amor.
Al día siguiente a la vuelta del trabajo sí vio el coche de Miquel en el párking y la historia se repitió toda la semana. Ana, ajena a los pensamientos y sentimientos de su marido, le confirmó la peor de sus sospechas. Miquel había vuelto a casa y para quedarse, así se lo había confirmado con la mejor de sus sonrisas el mismo vecino.
Fede dejó de comer, de dormir, de concentrarse. Se olvidó de su mujer, de su hijo, de su perro y Ana empezó a preocuparse verdaderamente ante el mutismo de su marido, que llegaba siempre cabizbajo. Éste maldijo a Murphy, pues dejó de encontrarse con Alejandra cuando más la necesitaba, para empezar a ver en cada esquina y cada día a Miquel. Quería estrangularlo, descuartizarlo y tirarlo al mar para hacerlo desaparecer para siempre. Le había arrebatado a su amante y no estaba dispuesto a consentirlo porque Alejandra era suya. Era la pieza que le faltaba al puzzle de su vida para tenerla completa y no dejaría que nada ni nadie le robase una posesión tan preciada como ésa.
Cada noche, en la oscuridad de su habitación, sin prestar atención a Ana, mientras escuchaba los ligeros gemidos y susurros que le llegaban del piso de abajo, planeaba el momento que le daría la victoria. Lo tenía todo estudiado con un horario milimetrado, una estrategia bien planificada. Sabría cómo sorprenderlo por la espalda. Ya tenía guardado el machete y el maletero de su coche estaba vacío y listo para transportar al usurpador e inoportuno cuerpo del vecino para arrojarlo al mar.
Entonces sí, sólo entonces, Alejandra sería de nuevo de él y para él y acabaría de una vez por todas con su angustiosa perturbación.
©Noelia Terrón

Mi vida sin él

Este relato lo escribí hace más de 5 años….Hoy lo rescato y comparto sin motivo aparente….Está tal cual lo escribí….Dedicado a todas las mujeres valientes, y a las que no, también.


Me llamo Ana y tengo cuarenta y tres años. Acabo de despertarme de un sueño reparador y mientras espero que me sirvan el desayuno observo las paredes de la pequeña habitación, que, desde que la habito, amanece vestida de jarrones con discretas pero abundantes flores y de osos de peluche, enormes y pequeños que inspiran vida a la impecable y reducida estancia blanca. Sé que en un rato, se romperá el silencio y llegará tal vez la alegría, tal vez alguna triste y mal disimulada cara y siempre el ruido necesario de las conversaciones que mantendré con mis padres, con mis hermanas y mis sobrinos, con mi amiga, con mi amigo y con algún compañero de trabajo espontáneo y puntual y todos llenarán con su calor mi vacío. También con mi ex marido que, de nuevo, me demuestra que es el mejor caballero posible para este escenario.
Hace tres días me operaron de urgencia. Aunque sigo con muchísimas molestias, desde ayer, tengo unas ganas enormes de escribir. Echo de menos mi portátil. De momento, Elena, mi enfermera favorita me ha prestado un bloc de notas, no muy grande, y un bolígrafo azul, con el que anoche vomité la urgencia, el esbozo, el pequeño trazo de la historia que les quiero relatar. Cuando mi ex marido venga a verme esta mañana me traerá mi notebook para seguir con la tarea. Mi médico no sabe nada, pero sé que no opondrá resistencia. Es importante mi recuperación física y mental y, ambas, parece ser, serán lentas.
Me han quitado mi pecho derecho. Me intento motivar restándole importancia y me digo a mi misma que sólo me han cortado un pecho pero siento una punzada en el alma que es difícil de explicar.
Hace tres días, mientras la anestesia engañaba a mi cuerpo invitándolo a un sueño artificial volví a verlo. Y sentí cada beso y caricia de la misma manera como pasó hace veinticinco años, despertándome con la misma sensación de angustia y tan desubicada como en aquel momento. Así se ha encargado mi mente juguetona y perversa de recordármelo.
Yo tenía dieciocho años y estaba repitiendo tercero de BUP. Los chicos, para los que había pasado prácticamente desapercibida, por lo menos para los que me interesaban,  empezaban a distraerme y a distraerse conmigo. Descubría yo mi potencial de mujer. Cambié mis viejas gafas por unas lentillas y recorté mi ondulado pelo, alisándolo cada día. Con estos pequeños detalles me convertí en una conquistadora, o para ser más fiel a la realidad, en una consentida conquistada, dejando de lado mis estudios. Estábamos a mitad de semestre y junto a mis compañeros y  a mi profesor de Literatura ensayábamos la obra que íbamos a representar para final de curso, Lisístrata. Yo era Lisístrata, a pesar de ser una pésima actriz. Sólo en los ensayos se me aceleraba tanto el corazón que en mi pecho, en la parte cercana a mi cuello se  formaban unas ronchas rojas y grandes que sólo desaparecían cuando mi vergonzoso músculo recuperaba su ritmo normal de pulsaciones. Una tarde, mientras esperábamos al profesor para el ensayo, nos comunicaron que no podría venir por un tiempo indefinido. En su lugar nos ayudaría  el profesor de Filosofía, del que yo, que nunca fui muy original para estas cosas, estaba secretamente enamorada. Me encantaba el entusiasmo con el que nos hablaba de Sócrates o Platón y hubiera dado cualquier cosa para meterme en una caverna oscura y aislada con él sin importarme lo más mínimo si podría volver a ver la luz del día. Ya dicen bien que el amor es ciego, ¿verdad? Pues yo estaba dispuesta a ser una ignorante toda mi vida y no salir de la caverna sino era de su mano.
Arturo era alto y delgado en exceso, con unos ojos grises que sus gafas hacían tres veces más pequeños de lo que eran sin ellas. Se diría que no era guapo pero abría la boca y creías de la primera a la última palabra que te decía aunque no entendieses nada de lo que te contaba. Sonreía a veces, pero tenía un aspecto triste provocado por la separación de su mujer, otra profesora que lo había abandonado por el directivo de una gran empresa.
Mi problema de aceleración del corazón fue a más desde que llegó Arturo y las marcas rojas que me provocaban los nervios eran tan evidentes que a él no le pasaron desapercibidas.
Una mañana, antes de entrar en la primera clase, me paró en el pasillo y me dijo que quería hablar conmigo en la hora de tutoría, dejándome helada. Yo estaba tan nerviosa cuando nos vimos por la tarde que ni siquiera era capaz de tartamudear. Arturo me dijo pausadamente, Ana, tienes que aprender a relajarte, te puedo enseñar unas técnicas que a mí me han funcionado. Debes superar el pavor a hablar en público y me gustaría acabar de perfilar algunos gestos que adoptas cuando representas a Lisístrata y que son bastante mejorables.
Me citó en su casa al día siguiente, viernes. Yo estaba en una nube.
Su casa era grande, antigua, de techos altos, inalcanzables y blancos, impolutos como las paredes del hospital que ahora me hace de hogar. La entrada era fría, daba la sensación de estar en una cueva que, aunque iluminada, impresionaba a cualquier adolescente indefensa como yo, pero cuando entré en la sala que hacía de comedor y cuarto de estar todo cambió. El ambiente se volvió cálido, no sólo por el humo del tabaco que lo habitaba, sino por la combinación de estilos y colores. Libros y revistas por los suelos. Infinidad de discos que paraban por cualquier parte. Los periódicos adornaban el sofá, las mesitas. Grandes ceniceros llenos de cigarrillos y un inmenso tocadiscos antiguo llamaban la atención sobre cualquier otra cosa. Me gustó su desorden. Se notaba también, por ejemplo, por las cortinas, por alguna figura decorativa de buen gusto o por alguna fotografía bañada en un ligero polvo, que en esa casa, el alma de una mujer había rondado no hacía mucho.
Preparó café, me invitó a fumar y lo hicimos toda la tarde. No hablamos de Lisístrata, no hablamos de nervios, ni de miedos. Escuchamos a Silvio, a Aute, a Dylan, a Cohen, algo de Jazz que desvirgó mi joven oído musical. Fumamos algo más que cigarrillos y tomamos mucho café.  Nos miramos sin mirarnos en los silencios que no fueron incómodos, sino necesarios para dar tregua a nuestros pensamientos. Arreglamos el mundo con nuestras conjeturas, él con más acierto que yo. Olvidé que era una adolescente con algún problema de autoestima para soñarme una mujer segura y deseada. Cuando se hizo de noche, lejos de invitarme a marcharme a casa se ofreció a preparar algo de cena, sin ninguna pretensión, y yo me limité a observarlo embobada mientras daba la vuelta con destreza a la tortilla que estaba preparando. Mis padres estaban avisados. Yo no tenía prisa. Arturo tampoco.
Al terminar de cenar, mientras servía el café, acercó su silla a la mía. Estábamos tan pegados que su aliento calentaba la punta de mi nariz. Lejos de ponerme nerviosa me emocioné. Arturo me cogió la mano acariciándola mientras me miraba fijamente a los ojos. Nos besamos dulcemente durante un largo tiempo mientras él tocaba mis mejillas, mi cuello. El calor de su proximidad me resultaba agradable y me sentía tan bien que pensaba que había llegado el momento. Me guió hasta su habitación. Una cama grande y ordenada nos esperaba. Empezó a desnudarme pausadamente sin dejar de mirarme. Yo me dejaba hacer, inexperta y pequeña como me sentía. Me sentó en el borde de la cama observando expresivo mi joven cuerpo desnudo. Yo quise desabrocharle el pantalón para tocarle y excitarle pero me apartó r
espetuoso. Era su diosa griega, la protagonista de la historia. Me dijo, no me desnudes todavía, sólo quiero admirar, tocar y sentir tus pechos. Se arrodilló ante mí y su cabeza quedaba a la altura de éstos que colgaban grandes, tersos y firmes  esperando el roce de sus dedos. Mis abultados pezones crecían dibujando nuevas formas. La tensión se acumulaba tanto en ellos que, a punto de explotar extasiados, deseaban ser lamidos por la pequeña boca que ahora los custodiaba. Cerré mis ojos para sólo sentir. Su lengua los recorría incesante buscando mi placer, sus manos apretaban con amor la forma perfecta que los envolvía. Apoyó su mejilla derecha en ellos y rodeó mi espalda con sus brazos. Abrí los ojos y acaricié su pelo con cariño. Confirmé que la humedad que poblaba la carne de mis pechos no era por su saliva sino por sus lágrimas que, saladas y huidizas, se deslizaban ya por mis caderas.
Pasaron minutos, no recuerdo si pocos o muchos, y levantó su cabeza para besarme de nuevo en los labios. Se incorporó y empezó a desvestirse sin prisa. Yo me estiré completamente en la cama y lo miraba entre dulce y perpleja. Cuando se desnudó recostó su cuerpo junto al mío. Se durmió como un niño abrazado a mi pecho.
Al  despertar, ya una brizna de luz se colaba desafiante por la persiana. Arturo estaba sentado en una silla, frente a mí,  vestido completamente y me miraba envuelto en la neblina de su cigarrillo. Me dijo, buenos días princesa, y me tendió el cigarro. Yo negué con la cabeza y miré alrededor para encontrar mi vestido. El olor del café recién hecho se colaba sin disimulo y Arturo se levantó para acercarme la ropa. Me dio un beso en la mejilla y me dijo entre susurros que me esperaba para tomar el café. Empecé a darme cuenta, de repente, mientras tapaba mi cuerpo con las telas, que en la vida la mayoría de las veces no se consigue lo que uno quiere.
Desayunamos en silencio y en silencio me acompañó hasta mi casa en su viejo Renault de tres puertas.
Tanto la obra de teatro como mis notas finales provocaron en mi piel rojeces del tamaño de un océano, pero las superé, aunque con aprobado justo. El curso siguiente Arturo ya no formó parte de los profesores del instituto y  yo no conseguí aprobar COU.
No sé si con o sin sentido pero mi breve historia con mi profesor de Filosofía condicionó para siempre la interpretación de mi cuerpo y mis relaciones posteriores con los hombres y con la vida.
Por mi mundo inestable se colaron varios de ellos, cada uno con una intensidad diferente, que me amaron e idolatraron y a los creí amar e idolatrar. Navegué confundida hasta que encontré anclado en la tierra al que es hoy mi ex marido. Gracias a él estudié una carrera que terminé a los treinta y nueve años y un año después encontraba un trabajo que me daba toda la seguridad e independencia que yo creía necesitar para ser feliz. Y tras ocho años juntos lo abandoné para seguir mi camino tal como él pronosticó cuando aprobé mi oposición.

Mi ex marido es el Arturo que acabó de completar a la mujer que quedó estancada en aquella espaciosa habitación una soleada mañana de hace veinticinco años y que se encuentra a mi lado mientras escribo esto.
Y sin embargo, e injustamente, no pienso en él. Pienso en el hombre que un día sólo amó a mis dos pechos y en la vida que hice con y sin él y noto un dolor que me llega hasta las entrañas que es tan físico como etéreo y que me atrapa. No sé si éste es el precio que tengo que pagar a un irascible dios en el que ni siquiera creo, por ser mujer, por reivindicar serlo y por desear ser libre, pero sí tengo claro que me llamo Ana, tengo cuarenta y tres años y unas ganas enormes de devorar este mundo del que he aprendido, a pesar de resistirme a ello, que, muchas veces, uno no siempre puede tener lo que quiere.


Noelia Terrón©

Descenso al paraíso

 
 
Apoyado en la pared del falsamente señorial edificio espero, con la calma nerviosa que se respira previa a la tormenta, a que llegue mi ex mujer para entrar juntos a la reunión de urgencia a la que nos ha convocado la dirección del colegio de Sofía, mi pequeña de 10 años. El cigarro me sobra, desde las 7 de la mañana que encendí el primero, mis pulmones me piden una tregua. Pero supongo que es una de las formas más útiles de enmascarar la incertidumbre. El colegio, en pie desde principios del siglo pasado, está situado en un lugar idílico, rodeado de árboles y un enorme jardín que ya quisiera más de un vecino de la zona. No en vano pagamos un pastón todos los meses, parece que queramos ocultarle la realidad de este mundo cenizo de claros y sombras. Parece no, es así. Queremos intencionadamente dibujarle un mundo irreal en la cabeza, aunque soy consciente que el dibujo desteñirá muy pronto. Alicia aparece acalorada, demasiado maquillada, como siempre, aunque con esos aires de víctima incomprendida, mujer de delicada porcelana rota en proceso continuo de restauración. Muy guapa y muy infeliz como para volver a atraerme ni un segundo. Ni me saluda, pasa por delante de mí con su cara de asesina de pasiones dejando su caro perfume impregnado en mis narices. Apuro la calada con una rabia inesperada y estrello el cigarrillo contra el suelo siguiéndola hasta ponerme a su altura. Mi ex golpea delicadamente la puerta del despacho como si quisiera con ese ligero roce hacer que lo que tengan que decirnos parezca una nimiedad, y los dos carraspeamos al unísono. Cuando abrimos la puerta, en la esquina y cabizbaja veo a mi pequeña sentada en una silla moderna y fría, como la habitación. Sus pies apenas rozan el suelo. Al levantar la vista, sus ojos son cristal oscuro casi negro y sus mejillas y párpados rojo natural, de haber llorado.
Nos aconsejan, por no decir obligan, un psicólogo para una niña que está descubriendo su sexualidad. Y no lo voy a permitir.
Alicia coge fuertemente de la muñeca a Sofía arrastrándola al caminar y sólo tiene miradas de odio hacia mí cuando pasa por mi lado. Sofía se gira y me suplica, Papi. Y se me parte el alma. Alicia, le grito obligándola a parar en seco aunque continua dándome la espalda. Recuerda, el viernes a las seis en punto en casa. Prosigue a paso rápido sin contestarme. El viernes tendrá cualquier excusa para traerme a la niña mucho más tarde de lo que corresponde
Cuando llego a casa, de repente y sin venir a cuento, me acuerdo de mi abuela y de Pilar y siento como me sonrojo. Cojo una cerveza y pongo el portátil en marcha. Quiero ver algo de porno y desconectar de todo lo que ha sucedido hoy, no voy a darle importancia. Pero no encuentro nada que me valga la pena, pienso que no es el día ni buena idea, y mirando mi última conversación de whatsapp, a punto estoy de escribirle un mensaje a Teresa, pero llego a la conclusión de que tampoco eso me valdrá la pena. Después de más de una semana dándole largas no tengo ganas de reproches antes y después de echar un polvo. Busco a Pilar en el Facebook y observo su foto embobado sin darme cuenta, pero me canso rápido. Fumo mirando a la nada, con las piernas estiradas y apoyadas en la mesita que está llena con varias botellas de cerveza vacías y un cúmulo de cigarrillos a medio terminar. Mañana María, mi asistenta, pondrá el grito en el cielo, aunque me enseñará los dientes en son de paz cuando nos crucemos en la puerta justo antes de que yo salga a trabajar.
Pilar. Tengo sus ojos negros, como su ropa, clavados en mi retina. El verano que la conocí en casa de mi abuela tenía yo trece años recién cumplidos. Mi abuela era viuda desde hacía casi treinta y llevaba sola el peso del gran cortijo que tenía a las afueras de Granada desde que sus dos únicos hijos se marcharan de casa, mi padre a Barcelona con 18 años y mi tío Antonio, un año antes a Madrid. Pilar era mi prima, no de sangre, pero mi prima. Su madre, Carmen, había sido la maestra del pueblo hasta que un vecino, en una noche de mal beber la violó y le hizo la hija que tengo yo ahora en mi pensamiento. Mi tío Antonio bastantes años más joven que Carmen pero enamorado de ella, se envalentonó y le pidió matrimonio al poco de nacer Pilar. Lo que empezó siendo una broma para mi abuela se convirtió en una pesadilla y poco antes de que Pilar cumpliera un año Antonio y Carmen se marcharon con ella a Madrid, hecho que mi abuela sólo al final de sus días fue capaz de entender. Hasta ese verano del ochenta y tres mi prima no había pisado la casa de su abuela, sí sus hermanos Paco y Luis que coincidían conmigo todos los veranos durante tres o cuatro semanas.  Este verano mi prima lo pasaba en el cortijo como castigo por su mal comportamiento y en un intento de alejarla de las malas compañías. Mi abuela tenía facilidad para odiar a todas las mujeres de su familia, incluida mi madre y  me explicaba que tenía una razón importante y un rencor para sentirlo con todas. Así que, como carcelaria de una adolescente rebelde era la mejor opción. Sabía cómo joder la vida de quien no bailaba a su son y a Pilar le tenía ganas a falta de poder despellejar a su madre. Tenía fama de sargento y de mostrar muy mal carácter. Mucho de cierto había pero yo sentía delirio por ella. Conmigo era cariñosa y siempre me consentía. Si me pegaba una bronca desmesurada luego me hacía galletas para aliviar mi dolor y me acariciaba el pelo con su mano cálida y llena de vida. Aún recuerdo el olor de su horno y el de sus dedos acariciando mi barbilla. Con mis primos era más arisca y aunque a su manera también los adoraba cuando ellos volvían para Madrid y yo sentía un pequeño vacío en mi estómago por la añoranza, poco me duraba ya que mi abuela se encargaba de hacerme saber quién era su nieto preferido.
El verano que conocí a Pilar fue el último verano que pasamos en el pueblo. El cortijo estaba en venta y mi abuela estaba harta de aguantar tanta responsabilidad con sus trabajadores, que aunque agradecidos, siempre esgrimían una queja por la menor tontería. Un piso en el nuevo barrio de Joaquina Eguaras esperaba a que mi cansada abuela empezara a vivir sin cargas a sus cincuenta y ocho años. Cuando no hubo cortijo, nada ni ningún verano volvió a ser lo mismo, y poco a poco la relación con mi familia de Madrid se fue enfriando aunque nunca dejé de tener contacto con mis primos Paco y Luis. Ni mucho menos con mi abuela.
Las vacaciones del ochenta y tres, Pilar nos despertaba cada mañana con su música traída de la capital con grupos españoles que despuntaban en esos momentos en que el punk estaba en plena efervescencia y cada mañana mi abuela le gritaba que bajara la maldita música y que ayudara con el desayuno. Siempre la misma rutina. En el fondo, a mi abuela le caía bien Pilar y le costaba maltratarla como hubiera querido. A mí también me caía bien, su cara angelical de diecinueve años contrastando con sus ojos rasgados de muj
er fatal, profundamente maquillados, su despeinado pelo negro brillando todavía cuando el sol se apagaba y su tieso flequillo pintado de lila. Sus mallas oscuras y viejas, agujereadas y sus camisetas unas veces anchas, otras ajustadas insinuando sus redondeados pechos de niña buena. Había en su mirada un fuego que yo todavía no comprendía pero que me asustaba tanto como me atraía. Ella casi nunca bajaba al pueblo ni se relacionaba con ninguna adolescente del lugar. Se producían un repelús mutuo y la miraban como un bicho raro. Suerte que en el pueblo respetaban a la abuela y sólo podían conformarse con criticar a su nieta a sus espaldas, movidas, seguramente, por algo de envidia. Mi prima salía de noche, como los gatos, con dos catalanes como yo, de su misma edad, que venían a visitar a sus abuelos cada verano, Fran y Miquel y que ya tonteaban con ciertos hábitos oscuros. A veces, cuando la abuela dormía la siesta, Pilar los metía en su habitación, ponían música con discreción y el olor de la maría llenaba por completo el pasillo donde nosotros teníamos las habitaciones. Nunca supe por qué la abuela nunca descubrió ese pastel o por qué se hacía la tonta. Paco, Luis y yo nos perdíamos por la montaña junto con otro grupito de turistas después de espantar y de reírnos de las gallinas y los cerdos de la abuela. Todo estaba rodeado de sus árboles frutales, limoneros, melocotoneros, higueras, olivos. Llevábamos tirachinas y cazábamos gatos salvajes o recogíamos alcaparras cuando estábamos tranquilos. Y cuando nos cansábamos nos reuníamos en la plaza con el resto de niños del pueblo y armábamos la de dios haciéndonos los chulos. Los más mayores nos provocaban y salíamos a hostias día sí, día también, siempre recibíamos los de fuera. Una tarde me peleé con mis primos, no recuerdo el motivo y decidí pasar la tarde en casa, estaba tan furioso que hubiera quemado con mis manos cualquier cosa que se hubiera interpuesto en mi camino. Bastante antes de llegar ya se oía la música de mi prima Pilar a toda leche. Probablemente sonara Siniestro Total, Los Suaves, Barricada, a saber. La música vibraba con mi enfado y entré por el ancho portón como una fiera. Mi abuela estaba en Granada esa tarde. Al pasar por la habitación de Pilar su puerta estaba medio abierta y la vi recostada en la cama en bragas y sujetador. Nunca había visto ropa interior negra ni la silueta de un cuerpo de mujer tan bonito estirado. Pilar fumaba y al notar mi presencia levantó su cabeza. Yo agaché la mía y salí corriendo pasillo adelante. Pero Pilar me llamó, David, David y salió a la puerta para que la oyera. David, qué te pasa. Ven, quédate un rato conmigo. Me di la vuelta y la miré sin decir nada. Ven, pasa, repitió y entré en su cuarto mientras me miraba. Cerró la puerta tras de sí y se sentó en la cama, haciéndome un gesto con la mano para que me sentara a su lado. Yo obedecí. Estaba mudo. Qué te pasa David ¿nunca has visto una mujer en sujetador y bragas? Yo seguía sin hablar. Se levantó y bajó el volumen de la música. Su habitación estaba desordenada, su cama sin hacer, las persianas medio bajadas para evitar la fuerza del sol. La piel de Pilar brillaba, el calor a esa hora era insoportable. Cogió una silla llena de ropa y la tiró toda por el suelo. Se sentó enfrente de mí y cruzó sus piernas mientras fumaba. Yo estaba en un barco en plena marea, por lo menos eso indicaba mi cabeza. David, ¿vas a contarme qué te ha pasado? ¿No tienes confianza con tu prima? No ha pasado nada, contesté malhumorado ¿Quieres? Y alargó su brazo para ofrecerme su cigarro. Negué con la cabeza. Vamos, no te va a pasar nada, ya eres  casi un hombre. Y el humo del cigarro rodeaba mi cara, mi cuello, aprisionaba mi alma. Lo cogí nervioso entre mis dedos e inhalé tan fuerte que tosí hasta casi vomitar. Pilar se reía a carcajadas mientras mis ojos lloraban. Siguió fumando y me ofrecía cada dos por tres una calada mientras me hablaba, soy incapaz de recordar de qué. Acércate David, me dijo, y yo supe que tenía que levantarme instintivamente. Cogió mi mano indefensa y la acercó a su corazón que latía despacio como las agujas del viejo despertador del cuarto de mi abuela. Estaba mojada y sonreía mientras me miraba. Yo notaba como un calor intenso subía de mis pies a la coronilla en forma de ola gigante. Pilar fue girando mi mano hasta sus pechos vestidos con ese sostén que los hacía puntiagudos. Parecían el fruto de un limonero recién madurado. Sus pezones se endurecían por momentos al unísono con mi sexo. Yo cerré los ojos y me dejé llevar mientras Pilar dirigía mi mano hacia sus bragas y me dejaba acariciar su sexo por encima de ellas. Movía de arriba a abajo mi pequeña mano y me decía David, así, así. Está muy bien. La boquilla del cigarro en su boca entreabierta, sus ojos semicerrados, los míos observando tal belleza a la par que mi sexo crecía y empezaba a apretar y a sobresalir demasiado por mi pantalón corto. En el espejo, el reflejo de su pelo enredado y de su espalda y mi tremenda cara de niño idiota. Aparté el cigarro de sus labios e intenté besarla impulsivamente. Pilar se separó y soltó mi mano. No, cariño, me dijo. Los besos para otro día. Se levantó de golpe y se puso una ligera camiseta de tirantes azul que tenía encima de la cama. Paró el radio casette a la vez que me ordenaba de nuevo que me sentara. Yo era un zombie, un personaje completamente dependiente de esa hermosura, intentando controlar mi erección y de golpe completamente enamorado. Empezó a rebobinar, durante unos segundos hasta que encontró la canción que quería enseñarme. David, ¿tú puedes traducirme? Empezó a sonar Ciutat podrida de La Banda Trapera del Río, un grupo local barcelonés que yo por aquél entonces no conocía todavía. Fran me ha grabado este grupo y me encanta, pero esta canción no la entiendo, me dijo. Empecé a escuchar la letra
¡Ciutat podrida!
Ciutat podrida…
Ens portes la nit i la por,
ara que ets adormida
els carrers són plens de foc.

Vull sortir d’aquest infern
on els crits
dels perduts s’obliden,
on és pressoner
L’esclat del vent
i la llibertat no camina.

Ciutat podrida…
Ens portes la nit i la por,
ara que ets adormida
els carrers són plens de foc.
Aquest és el moment
en el que ha mort la vida.
No m’importa el ponent.
Puc caminar sense guia.

Ciutat podrida…
ens portes la nit i la por,
ara que ets adormida
els carrers són plens de foc.

Ciutat podrida…
Ciutat podrida…
Ciutat podrida…
Ciutat podrida…

 
“Ciudad podrida, nos traes la noche y el miedo”Mientras yo traducía Pilar saltaba al ritmo de la música moviéndose como ida por toda la habitación, “este es el momento en el que ha muerto la vida, no me importa el poniente”….Ella gemía con los ojos cerrados y daba vueltas tropezándose con todo a su alrededor, “quiero salir de este infierno, dónde los gritos de los perdidos se olvidan”
De repente la  puerta principal se cerró de un portazo, había llegado la abuela. Pilar se apresuró a bajar la música  y me hizo un gesto con la mano para que saliera de la habitación.
Apenas cené y no dormí en toda la noche. Acurrucado en una esquina del corral me limité a observar como el cielo cambiaba de color mientras alguna estrella caía sobre mi cabeza dibujando el infinito.
Sofía está tensa cuando entra en casa con su mochila a cuestas y su mechón ondulado tapándole media cara. La puerta del ascensor suena estrepitosa e imagino a Alicia con su cara roja a punto de estallar por vete a saber qué rabia no controlada. Le acabo de prometer a Sofía que veremos una peli después de cenar si me ayuda a preparar la mesa. Sofía está inquieta y aunque con pocas ganas de colaborar lo hace. Durante la cena le he pedido que me cuente su versión sobre lo ocurrido días atrás en el colegio, ya que no le habían dado la oportunidad de expresarse delante de nosotros. Enseguida ha empezado a llorar y no sé cómo tranquilizarla, sólo la abrazo. Cuando está más calmada, le pido que sin prisa, me cuente de qué se trata y para qué sirve ese ritual entre ella y sus amigas. Papi solo es un juego, me explica. Somos hermanas, nos queremos y nos damos todo. Todo es de todas. Si intercambiamos nuestras cosas de alguna manera, cada vez somos más solamente una. Así nos sentimos, no hacemos nada malo.
Mi hija, con cuatro o cinco amigas de clase había cogido la costumbre  a la hora del recreo de esconderse en un rincón oscuro de la biblioteca.
Papi, nos ponemos en círculo sentadas en el suelo y nos damos las manos. Nos hacemos así fuertes como mujeres y nos sentimos únicas y unidas.
Alucino con la madurez de esa niña. Sé que en breve el brillo de sus ojos lucirá por otras cosas, pero ahora es la luz de la inocencia y la coherencia la que atraviesa esos ojazos.
Se sentaban en círculo sin su ropa interior, desnudas de cintura para abajo. Se acariciaban, besaban, olían sus sexos, las unas a las otras. Sentían sus cuerpos, los amaban y cuando terminaban intercambiaban sus braguitas de forma aleatoria. A veces antes de volver a casa se volvían a poner cada una las suyas, a veces no. Mi ex mujer no ha notado nada. La amargada, la sin fuerzas para vivir,  tiene quien le haga las lavadoras pero ella sólo sabe quejarse de la mierda de vida que tiene como madre soltera.
El martes las pillaron in fraganti y ardió la tragedia.
No voy a reprocharle su actitud ni voy a enjuiciarla. Si pudiera transmitirle y expresarle cuánto la entiendo.
Sofía se ha quedado dormida en el sofá a media película. Yo he abierto el portátil, contesto algún whatsapp y algún correo pendiente de trabajo. En Facebook no hay demasiado movimiento y la curiosidad y el aburrimiento me lleva de nuevo a ella, Pilar Torres. En su fotografía de perfil aparece sonriente con un gatito entre los brazos y con una adolescente que es su hija, Carol. Hace un par de años que hemos recuperado el contacto gracias a esto de las redes sociales. Está  extremadamente guapa en esa foto. No hablamos habitualmente, la verdad, pero lo suficiente para ponernos al día de nuestras cosas y para prometernos volver a vernos pronto.
Cotilleo una por una todas sus fotos, como no he hecho hasta ahora. Casi de las últimas, aparece una foto, medio borrosa, ella en el centro con su pelo negro tieso y su cigarro en la mano derecha junto a  Fran y Miquel, con sus indumentarias extremas, que rodean con sus brazos su cintura. Se me dibuja una sonrisa al pensar en el hecho de que la sacaron de la capital para evitar las malas compañías y en el pueblo se encuentra con dos especímenes de los bajos fondos de la Barcelona de los ochenta. A lo lejos distingo la puerta principal del cortijo de mi abuela y a ella, con su mano por visera mirando hacia el fotógrafo. Me da un vuelco el corazón al verla y siento unas ganas enormes de llorar al sentir todo el cariño que me inspira esa mujer valiente. Recuerdo aquella foto. Fue el día que Pilar se marchó del pueblo aquel verano de hace tanto. Mi tío Antonio había llegado hacía unos días para recogerla a ella y a mis primos de vuelta a Madrid. A mí aún me quedaría más de una semana en el pueblo hasta que llegasen mis padres. Mi abuela ese día estaba triste como nunca la he visto. Hago memoria de lo que hablamos durante la cena, ya solos, y siento el mismo dolor que sentía ella cuando me hablaba de sus hijos y de lo sola que se sentía a veces. A mi abuela se le había metido en la cabeza que sus hijos eran infelices por estar con las mujeres equivocadas, mujeres que los separaban de ella con toda su mala intención y habían truncado sus sueños. Yo la escuchaba y solo sentía deseos de consolarla con besos sonoros en sus mejillas pero no estaba de acuerdo con lo que decía, yo vivía otra realidad en mi casa y era tan feliz con mis padres como cuando estaba con ella. Cuando mi padre emigró a Barcelona lo hizo con la intención de entrar en la universidad, iba recomendado con las mejores notas de su quinta y mi abuela había depositado todas sus ilusiones en él, segura de su éxito. Se instaló en casa del hermano de mi abuela, Felipe, que durante muchos años también hizo de abuelo para mí. Felipe vivía con su mujer en el barrio de Sants. Había emigrado de muy joven y enseguida empezó a trabajar en la carpintería del que acabaría siendo su suegro. Hacía más de un año que su hijo mayor había muerto de un accidente de moto, dicen que iba de droga hasta las cejas, y su hija Esther ya estaba casada hacía tiempo y tenía su propia familia. Felipe y Anna acogieron a mi padre con los brazos abiertos. Mi padre compaginaba sus estudios de arquitectura con el trabajo en la carpintería por las tardes ayudando al tío Felipe. Siempre me contó que aquella época de su vida fue maravillosa hasta que tuvo que dejarlo todo para ir a la mili. En ese tiempo de reclutamiento en Reus conoció a mi madre, Conxita y la dejó preñada. Ahí se acabaron parte de sus sueños, pero surgieron otros. En 1970 nací yo y mi padre siguió trabajando con Felipe hasta que éste se jubiló y heredó la carpintería, que creció rápido pasando a convertirse también en una carpintería de aluminio enorme. Los beneficios fueron tales que mis padres pudieron invertir en el negocio de la construcción y puedo decir, a día de hoy, que vivimos de una forma muy acomodada. Aunque tuve mis momentos grises y mi relación con el mundo de las drogas pendía de un delgadísimo hilo,
el ambiente que me rodeaba pudo con la dejadez existencial y mi capricho de ser rebelde y poco a poco pude seguir los pasos de mi padre.  Ahora tengo mi pequeño estudio de arquitectura que me da para permitirme más de un lujo. Mi abuela nunca pudo llegar a verme con mi carrera terminada y mi vida establecida. Mejor, hubiera conocido a Alicia y esta vez sí tendría un motivo real para odiar. Murió sintiendo que había perdido a sus hijos a los que nunca pudo dar el amor que merecían. Y ahora que la veo, a lo lejos, en esa vieja fotografía siento que tengo que decirle que sí dio su amor, lo recibimos sus nietos que fuimos criados por madres maravillosas que hicieron felices a sus maridos e hijos y por ella, una abuela que lo fue todo, por lo menos para mí.
Estoy llorando.
Mi prima sí pasó unos años terribles con las drogas, hasta que en uno de los centros de rehabilitación conoció a su ex marido que la ayudó a salir de todo eso. Se sacó el título de auxiliar de enfermería y desde entonces trabaja en una asociación privada de ayuda contra la drogadicción. Su Facebook está lleno de eventos y actividades relacionados con el tema. Noto su alegría en las fotos y siento la necesidad de verla para abrazarla y decirle cuánto representa para mí. Tres mujeres forman parte de mi esencia, cada una por una razón particular, pues han marcado momentos muy concretos de mi existencia,  Pilar, mi abuela y mi hija Sofía
Pilar, me digo mentalmente mientras sigo viendo sus fotos. Apenas hay de su juventud, salvo la que acabo de encontrar y una que me llama poderosamente la atención. Se la ve haciendo el tonto con mis primos y los catalanes a la orilla de un pequeño riachuelo. Es del mismo verano que la fotografía anterior, en una excursión que hicieron con otros del pueblo y a la que yo no pude asistir porque me había torcido el tobillo jugando en la plaza y tenía que reposar. A pie de foto hay una nota en la que ha escrito: Faltas tú. No tengo la certeza de que esa nota vaya dirigida a mí pero una punzada en el corazón me dice que sí y mi cabeza empieza a rememorar y a pensar a mil por hora.
Se habían ido todos de excursión y sólo estábamos en casa mi abuela y yo. Cuando empezó a aflojar el sol mi abuela subió a la plaza a charlatanear con sus amigas y yo me quedé aburrido y desganado. Decidí pasar por la habitación de mi prima para cogerle el casette y escuchar su música que ya empezaba a fliparme. La puerta de su cuarto estaba de par en par y en penumbra como casi siempre. Encendí la luz y me encontré el panorama de costumbre, su ropa tirada por el suelo, el olor a tabaco impregnado en las paredes, discos y cintas de música desordenados y tirados por todos los muebles de la habitación. En el centro del suelo unas bragas marrones con pequeñas florecitas. Me acerqué y las recogí  y espontáneamente me las llevé a la nariz absorbiendo su aroma profundamente, como si fuera la última inspiración que estaba dispuesto a hacer en este mundo. Observé que estaban ligeramente manchadas de algo ya seco y blanquecino y empecé a excitarme sin pretenderlo. Las dejé a los pies de la cama y abrí el cajón de su mesita de noche. Colonia, pintalabios y diversas pinturas, su tabaco y una caja de cerillas medio vacía. Me encendí un cigarrillo y me recosté en la pared sintiendo el olor de su almohada. Aunque tosí varias veces seguidas y el sabor me pareció de lo más desagradable seguí fumando sintiendo y creyéndome un hombre. Desde ese día no he dejado de fumar. Cuando terminé, el cosquilleo de mi entrepierna no me dejaba pensar en otra cosa y miraba de reojo las braguitas de Pilar que había dejado a pie de cama. Hasta que me incorporé para cogerlas y al mismo tiempo que volvía a olerlas mi sexo se agrandaba de tal manera que pensaba que me iba a reventar. Me masturbé varias veces seguidas hasta perder la cuenta y la noción del tiempo, con sus braguitas entre mis manos, aplastadas contra mi nariz o rozando mi polla dura y encarnada. Estaba como loco. Mi semen se mezcló con su flujo seco, ya no se podía distinguir. Sabía que aquello me podía costar caro pero no podía parar, toda mi sangre y mi deseo hacia Pilar se concentraba en esa cabeza alargada que no quería controlar. No recuerdo en que momento me dormí, sólo recuerdo el gesto de Pilar pidiendo silencio y acostándose a mi lado  mientras me acariciaba  la frente.
A la mañana siguiente me levanté en mi cama desorientado, pegajoso de sudor y muerto de vergüenza. Mis manos olían a rancio. No me veía capaz de aparecer por la cocina para saludar. Llegué a la puerta de la misma silencioso como si quisiera ser invisible. Mis primos se peleaban y mi abuela pedía calma con toda la mala leche acumulada de años. Pilar tenía una sonrisa pícara en la cara pero tampoco me miraba, mientras untaba su enorme tostada con mantequilla. Buenos días, dije. Mis primos me miraron un segundo y siguieron peleando sin contestar. Mi abuela se giró y me guiñó un ojo. Me dijo, te caliento la leche. Pilar levantó la vista de su desayuno y me guiñó un ojo también mientras me sacaba su sonrosada lengua. Por la ventana abierta llegaba el sonido de los pájaros cantando, el cacarear de las gallinas a lo lejos y el gruñido de los cerdos, la luz de un sol resplandeciente. El aire paseaba por la cocina el aroma del detergente de la ropa acabada de lavar que se mezclaba con el olor a café recién hecho. Como mirándome, a la misma altura que mi vista, junto con otras piezas, aparecieron colgadas las braguitas de Pilar, húmedas y limpias de nuevo y sentí cómo se paralizaba el cuerpo del hombre en el que me estaba convirtiendo.
He trasladado a Sofía a la cama antes de que coja frío, la primavera está entrando tarde este año. Observo su carita, siento su inocencia a pesar de que empiecen a rondarle descubrimientos que aunque complejos ella asume con ingenuidad y desde la naturalidad más absoluta  y deseo mientras la miro que tenga la misma infancia plena que tuve yo, la adolescencia ya hará su papel cuando le toque. No voy a castigar a mi hija por sentir, ni a limitarla con condicionamientos sociales obsoletos. Entiendo a mi hija, vaya si la entiendo. Ese querer fundirse en otro a través del contacto y el placer para acabar siendo sólo una pieza. Está llena de amor. Mi princesa será una gran mujer, un ser precioso. La arropo y ella entreabre sus ojos y me rodea con sus brazos para besarme. Buenas noches, papi. Buenas noches, amor.
Vuelvo al portátil y escribo a Pilar a través del Messenger, sin pensármelo dos veces. Me contesta a los pocos minutos. También está sola en casa, sus hijos han salido y ella mañana tiene lío en la asociación. Me pasa una foto con su gato. Yo le paso una foto de Sofía de cuando miraba la película ¿Has visto David las vueltas que da la vida?, me dice enviándome el emoticono de un guiño. En un mes tengo la presentación de un proyecto en Madrid, ¿Pilar, te apetece que nos veamos?, le digo. Siiiiiiiii, me contesta. Y su respuesta hace que me sienta como hace años que no hago y aflora en mí el mismo sentimiento que cuando la conocí aquel verano del ochenta y tres. Algo especial está por llegar. O será que ya llegó hace mucho y siempre ha estado ahí, esperando.
©Noelia Terrón Torres

VOLARE


Cuelgo el teléfono y me quedo pensando. Sé que tú has
seguido caminando hacia tu trabajo. Una llamada de tu socio te habrá vuelto a
hacer click en la otra realidad y la conversación que manteníamos hace apenas
unos segundos quedará en segundo, tercer plano, quedará en nada. Y yo continuo limpiando mi casa, a falta de una buena limpieza de mi alma, y pensando en por qué, después de tantos años y un solo encuentro seguimos en contacto, buscándonos, ya no sé si  tanto a nosotros como dos
seres distintos, hombre y mujer, como a nosotros mismos, buceando en lo más
profundo de nuestro ser


No nos veremos. Mi billete de AVE aguardando a ser validado,
el hotel en el centro de la ciudad en espera de la huésped suicida. Los
compromisos de la vida mandan. Otras veces han sido los miedos. Siempre el
boicot, propio o ajeno, se encarga de abrirnos los ojos de ciego, de disparar
la bofetada seca y contundente del estado de vigilia en el que nos movemos. A
menos cien de acariciarnos de nuevo
Y no es que nuestro único encuentro, hace ya, fuese la bomba. O tal vez sí, por eso deseamos otra oportunidad. Un recuerdo agridulce pero sincero puebla las imágenes de aquel momento.
Chamartín fue testigo, punto de encuentro donde los nervios y el cansancio
cumplieron su papel a la perfección. Luego otro tren nos llevó hacia la guarida
del león pacífico y en armonía. Pero nuestros cuerpos temblaban y se
abrazaron empapados en vino. Moviste tus caderas para mí y yo sonreía por verte feliz. Cocinaste para mí y yo mordía mis labios por verte feliz. Me tocaste
con la torpeza de la bestia que desea ser delicado. Yo jadeaba por verte feliz,
eras la furia que necesitaba, el felino salvaje que atravesó mi frío vacío,
ése que nos acompañó cuando nuestros cuerpos se tocaban y nuestras miradas se cruzaban


Sin embargo soñé contigo ya de vuelta y te hice mío. Nos
dijimos adiós en la estación. Nos dijimos adiós por el teléfono. Nuevas mujeres
entraron en tu vida y te ilusionaron. Yo me decepcioné con la vida y seguí por
el camino de lo cómodo, el que no transparenta la verdad.


Hoy un “me gusta” en el Facebook. Mañana un whatsapp simulando que nos echamos de menos, imaginándonos desnudos haciéndonos el amor con la locura que nos faltó aquella vez para disfrutar la carne de gallina de los besos delatores de urgencia. Un intento de encuentro en una fría tarde de incipiente invierno. Otro intento de encuentro cuando el calor aprieta y nuestros silencios se unen en intensa comunión, pero no nos veremos

Aunque tengo la sensación de que lo deseamos tanto como  los caprichosos adolescentes desean ese helado tras acariciar el pecho duro y turgente de la mujer idealizada y ellas, tiernas criaturas, tras dejarse acariciar su pecho hermoso por la mano inexperta del príncipe enamorado. Tengo la intuición de que algo tenemos que decirnos al oído, entre susurros y roces que despertarían a esas almas zombies que nos habitan hace tanto. Algo nos mueve por la misma senda, a pesar de los pesares de esta vida aburrida que elegimos, a pesar de que digas que es impuesta, a pesar de la distancia, a pesar de que no nos conocemos como se supone que debemos conocernos. Siento que el fino lazo que nos une es tan fuerte como el acero de vete a saber qué súper héroe.
No nos veremos, esta vez. No nos veremos, puede que nunca. Porque la vida manda, te oigo decir, pero sigo sin entender por qué dejar espacios donde las sombras sospecho que desean convertirse en una luz de ésas que nunca se apagarán. Mierda de vida

Y si nos vemos…. ¿Será que más temprano que tarde nos
encontraremos y nos reconoceremos?
Y entonces me acuerdo de una película de Woody Allen, no demasiado buena, A Roma con amor, y me dejo llevar por su mensaje….Empiezo a bailar con esa escoba imaginaria que a veces anhelo como compañía, tarareo la canción mágica, la que me llega ahora que pienso en ti y en eso “nuestro” que no sabemos lo que es y que puede que no sea nada, pero eso poco nos importa. Y me hago colega del vacío para que no me pille por sorpresa, otra vez, cuando tu mano se junte con la mía….Una musica dulce sounava soltante per me…..Volare, oooh

Cerrando la puerta

Cerrando la puerta

El camarero me increpa y desafía, insultándome sabedor de que su provocación no me dejará impasible y de que su deseo sigue mandando a pesar de mi rechazo. Su barba sin afeitar de varios días le hace tan atractivo que sus kilos de más pasan desapercibidos a la vez que la chispa que viste sus ojos negros se proyecta detrás de la barra con la misma intensidad que sus palabras. Yo no me amedranto y le replico con la fuerza del paciente y del indiferente, a la vez que controlo los pasos de mi amigo que ya se dirige a él sin pensárselo dos veces. Pido la cuenta, por la que me pide más de treinta euros mientras me amenaza para que no volvamos. Le tiro los billetes en el mostrador y con mucho esfuerzo cuelgo de mis hombros a mi amigo quien se tambalea tropezando a cada paso que damos, arrastrando esos pies que un día imagino fueron muy hermosos. En la calle el impacto de la luz del sol en nuestras caras nos abofetea y nos acoge cínicamente con el intenso calor que desprende a pesar de que las hojas han caído hace algún tiempo. Por momentos la luz es tan blanca que duele y el calor pesa en mi cabeza. Intento adivinar dónde nos encontramos. Las calles son angostas pero apenas pobladas a esas horas, que calculo ronda el mediodía. Estamos rodeados de solitarias tiendas rústicas y restaurantes pintados con bonitos colores en tonos verde sapo, rosa fucsia y azul mar y a pesar de la situación, perdidos, desorientados y cansados como estamos me dispongo a disfrutar de ese paisaje para apartar de mi mente el azul oscuro del vacío y echarme a las espaldas sin dolor el peso apagado del cuerpo vacilante de mi amigo.
Lo dejo recostado en un viejo árbol que da cobijo en la puerta del blanco apartamento mientras busco las llaves. Él agacha la cabeza, los ojos achinados, su boca hinchada y amoratada escupe sangre rosa regando el tronco del tosco árbol sin piedad y yo por fin abro la puerta dejando que la corriente acaricie mi nariz con el aroma del jazmín que todavía luce en el pequeño patio interior. Lo ayudo a entrar agarrándolo del fuerte brazo que se deja llevar por la inercia y observo cómo a pesar del pelo casi blanco que puebla su cabeza su mirada sigue siendo la de aquel adolescente que probablemente besaba a las chicas por sorpresa dejándolas encandiladas. Se acuesta en el sofá, sus chanclas en el suelo dejan ya sus pies venosos y morenos desnudos. Me gusta mi amigo y no sé ni su nombre, ni su edad, ni recuerdo por qué hablé con él o él conmigo.
A mí también me duele la cabeza, he bebido demasiado. Cuando una quiere alejarse de sí misma, bebe, por lo menos yo bebo y cuanto más lo hago más unida estoy a mí a través de la pena. Ya no tengo edad para beber y es probable que no sea mucho más joven que mi amigo, aunque no tenga canas en el pelo pero sí en el alma. Decidí arrancarlas una a una y nacieron a miles, como una plaga  de viejas sombrías empapando mi corazón, que me ahogan retorciendo con fuerza mis entrañas y me cansan porque no tienen el brillo de la felicidad. Hago café en la minúscula cocina, mi amigo se ha dormido y cierro la puerta del patio para que el aire no haga de las suyas en lo ajeno. Pienso en el camarero y recuerdo la intensidad de sus ojos negros. Miro a mi amigo y siento la ternura de un dragón de cuentos bueno pero despierto y recuerdo que en este apartamento prestado, hace dos días hacía el amor mientras lloraba y lloraba mientras hacía el amor con otro amigo al que quería pero que ya no quiero. Por eso hoy bebía para olvidar el lejano lazo que me une a mí misma y a los demás.
Me dice que se llama Marcos y yo sonrío incapaz de decirle mi nombre. Mi amigo Marcos se levanta precipitadamente y corre hacia el lavabo que instintivamente encuentra al final del estrecho pasillo. Vuelve tenso y tiene fiebre y no toma café y apenas sonríe, sólo lo suficiente para marcar en su cara las arrugas que me den pistas sobre su edad. Le cedo la cama que no es mía pero que guarda mi calor, lo ayudo a desnudarse y busco algo de abrigo para taparle porque tirita y suda mientras aprieta sus dientes blancos y perfectos tapando la oscuridad de lo que lleva dentro mientras la noche empieza a mostrar la suya sin avergonzarse, paseándose lujuriosa a la luz del jazmín ante la luna. Yo no puedo cenar y sí puedo pensar, y mucho, en lo que es mi vida en ese instante presente. Cualquier persona que presuma de sentido común juraría que es una mierda pero a pesar de la soledad que acompaña a mi dolor de cabeza y de mi poco apetito me siento bien por primera vez en mucho tiempo y no sé por qué, tampoco quiero. Duermo en el sofá y sueño que estoy en el bar con el camarero que me besa de la misma forma que soñé que haría hace unas horas a la vez que me hacía la ofendida. Me muevo, me muevo mucho y me gusta lo que siento y cómo me siento. Es de día y apoyado en el quicio de la puerta de la cocina Marcos tiene una  erección y me desea
Han pasado siete días y mi amigo Marcos cocina en silencio mientras yo preparo mi maleta de vuelta. Fuma y bebe vino que acabamos de comprar en el supermercado que hay a varios kilómetros. Yo me acerco y bebo de su copa mientras canturreo y él sonríe y se rasca pensativo su frente con los dedos que sujetan el cigarro. Se pone guapo e interesante cuando no habla y a pesar de sus largos silencios sé que está casado, me confesó que pegó al marido de su amante, que tiene hijos casi adolescentes, habitantes extraños de su cotidianidad y un trabajo donde no trabaja pero en el que gana mucho dinero, aunque eso no le importa. Me contó que huye por el endeble puente que le mantiene atado a su rutina, esa absurda brújula que ya no tiene norte. Tiene casi cincuenta y un cuerpo y una vida con la que sueñan los aún ingenuos veinteañeros. Pero él no quiere nada, sólo escapa de lo que no reconoce desde hace mucho tiempo y en su huida cocina para mí y me lee por las noches para que me duerma con su voz perdida en sus infiernos. Me recoge los cabellos oscuros detrás de las orejas cuando gritamos en silencio por las tardes sentados frente a frente en el sofá y ahora que me marcho llorará como el hombre que descalzó sus pies sobre una cama que no conocía
La maleta está en el coche y se mueve ligera al ritmo del motor que ruge viejo cual locomotora. Marcos espera dentro y finalmente lo apaga. A media manzana en la calle empinada está el bar. Cuando entro dos clientes sentados en la barra se giran para verme y enseguida sus vistas se vuelven a fijar en sus vasos ya medio vacíos. Me siento en una esquina y pido una cerveza mientras la joven camarera me reconoce examinándome incrédula. Al tiempo que me sirve la cerveza el camarero sale de la cocina y me mira sin verme para volver a mirarme fijamente y apoya sus manos en la barra sin hablar, sus ojos fuego brillan aún más que la tarde que lo conocí. Pego un largo trago y siento de todo por mi cuerpo menos el gélido sabor de la cerveza. Pregunta si mi amigo está aquí, le contesto que es
obvio que no porque si no estaría partiéndole la cara ¿A qué has venido? me pregunta. Se ha recostado y está tan cerca de mí que su aliento se mezcla con el mío y de repente susurramos. No sé de lo que hablamos, creo que no hablamos. Me ha dejado hipnotizada con sus ojos y su barba de varios días y me acerco más y le beso largamente en la boca con mis labios rojos dejándome llevar. Me gusta. El camarero no dice nada y sale de la barra sentándose a mi lado. Me marcho, le digo al sentir de nuevo su roce y no hace nada por retenerme, sólo observa mudo mis gestos girando todo su cuerpo hacia la calle
La cruda temperatura se hace notar y en mi maleta encuentro rápido la chaquetilla gris, de momentos grises metalizados, esos momentos que a pesar de lo oscuro y del desánimo que me hace compañía brillan para iluminarme desde el abrazo de la confianza. El mar está en calma y la humedad de la arena empieza a calar mi ropa, pero no me importa todavía, la brisa es limpia y me hace sentir cómoda. Hace rato que oí cómo rugía el viejo Vitara de Marcos, tan enfurecido como él al despedirse. No voy a volver a casa y tampoco quiero volver a ver a mi enigmático amigo ni al perturbador camarero por un tiempo. El billete de avión disimula su existencia entre las olas mansas, azules y blancas, esparcido sin rumbo y hecho añicos como algunas partes de mi alma. Tengo que pensar dónde dormir pero será dentro de un rato, cuando la humedad moleste, cuando la esperanza llame y me despierte de golpe cerrando la puerta e invitándome a correr despacio. De momento, viajo sola visualizando los caminos que quiero recorrer mientras mi único deseo es vivir sin esperar nada

NADA QUE DECIR

Y de repente, no tienes nada que decir
Y nunca has tenido nada que decir
Estás aquí porque no tienes nada que decir
Abres el Facebook, miras las fotos, tus propias fotos, lees comentarios, alguna noticia
Pero sólo te imaginas temerosa mirando a escondidas por una ventana mal iluminada y mirando, mirando el vacío
El que hay pero no ves tras lo que dices, piensas y sientes
Sintiendo el sentido de lo que no tiene sentido
Vacío
Vacía
Salta
Cierra tus ojos, tapa tu nariz y sumérgete hasta el fondo del agua helada y cristalina que  rompes con tu brusquedad
Y no respiras pero abres tus ojos y ya todo es azul y está vacío
Y de repente, cuando entiendes que no tienes nada que decir

Estás en paz