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Relato: Las nubes están muy altas

Cuando el dolor ya no tiene sentido significa que las nubes están muy altas. Dejar de sentir miedo es el primer paso para abrazar a la muerte inevitable.

Os comparto este relato que escribí para un concurso con una temática muy concreta. He retocado las dos o tres frases que hacían alusión a lo que se solicitaba para poder participar.

Quizás más adelante le de otro vuelta, para mejorarlo o enfocarlo desde otra perspectiva, pero hoy lo comparto tal cuál fluyó. He de decir que lo escribí en menos de dos horas y lo presenté un minuto antes de que se cerrara el plazo.

Las críticas serán acogidas sin rencor 😉

Las nubes están muy altas. RELATO
Las nubes están muy altas

Hacía frío en el avión, a pesar de ir rodeado de más de trescientas personas. Avisó a la azafata, que con mucho gusto propuso traerle una mantita ante la mirada atónita de los compañeros de asiento.

No estaba cómodo, sabía que volver a casa no sería bueno. No en esas circunstancias. Pero tenía la obligación de hacerlo. Quince años eran muchos, y a sus cuarenta y ocho el motivo estaba más que justificado. Habían pasado dos días y ocho horas desde que recibió la noticia. Su corazón dejó de latir durante varios segundos. Se ahogó en la copa de vino que degustaba en el jardín de casa mientras Pipo ladraba desesperado y sin sentido. No recuerda nada más. La lágrima que corría fugitiva por la mejilla. La maleta de policarbonato resistente a los golpes emocionales imprevistos, con dos mudas y poco más. Anita, su asistenta, revisando que no le faltara lo esencial; cepillo, pasta de dientes, cartera, billete.

La manta no era muy grande, pero le alivió enseguida, por lo menos al principio. Doce horas de vuelo. El pánico a no aterrizar vivo siempre le acompañaba, aunque por motivos de trabajo cogía aviones al menos cuatro veces a la semana. Trayectos cortos, sí, pero el cielo estaba siempre por encima de las nubes. Y las nubes están muy altas.

Más dura será la caída ―le dijo una vez aquella a la que amó, envuelta en su rencor.

Desde ese momento, estaba presente a cualquier hora, en cualquier rincón de su finita memoria, de forma casi permanente, a pesar del océano que les separaba.

La caída más dura siempre ha sido la muerte. No la de uno mismo. Siempre es la de los demás, de las personas y seres que quieres. Pero él no lo recordaba. Por eso el sudor frío, el ahogo continuo desde hacía dos días y ocho horas, cuando conoció la de ella.

En el instante en que la voz de su madre, a través del teléfono, le recordó quién era y quién quiso dejar de ser hace ya muchos años, ella le tomó la mano. Con la otra paró su corazón con la maestría pura del que domina el tiempo y lo hace añicos sin misericordia.  Ya no le abandonó, ni siquiera un instante.

Ahora estaba junto a él. Dormitaba en el estrecho pasillo del inmenso avión, velando por su sueño amargo. Cuando abría los ojos, en un intento desesperado por estar consciente de todo, viviendo cada segundo, la veía con su vestido blanco y el bebé de ambos entre los brazos, musitando la nana dulce de mamá primeriza.

Alberto nació con una enfermedad de corazón por la que no le daban más de un año de vida. Su corazón quería crecer más que su cuerpo. Ocupaba el espacio de sus otros órganos vitales, invadía su propia naturaleza. Era gigante el amor que desprendía en un mundo de celos, envidias, rencores, inseguridades. Historias familiares con raíces pobres, pero arraigadas con una fortaleza que arrasaba sus existencias. Nació para sanar esa raíz.

Contra todo pronóstico vivió cuatro años rodeado de todo el afecto del mundo, pero en un universo lleno de dolor. Palpable detrás de una sonrisa. Agazapado tras la lágrima de felicidad por el cumpleaños logrado. En los suspiros de sus padres cuando hacían el amor como desahogo, víctimas de una fingida normalidad, yermos ya de amor y de esperanza.

En el momento que la luz desapareció definitivamente de la carita de Alberto, Elena no puedo soportarlo. El cuerpo deforme de su adorado bebé la atormentó hasta el último suspiro de este. Cuando la tierra devoró los huesitos endebles, la carne tierna, el corazón gigante, ella se dejó seducir por la tristeza y sus ojos se perdieron en un abismo de estrellas caídas, de ángeles del infierno en el que la reina era ella. Elena y Alberto murieron el mismo día. Uno para convertirse en polvo, en semilla de un nuevo nacimiento, tal vez inerte. Elena para vagar entre el ruido de su oscura cabeza y pisar descalza las arenas movedizas de su vida sin él.

Martín se despertó de forma inesperada, desubicado. Una mano helada había rozado su moreno cuello. La mujer que pasó por su lado, camino del lavabo, le hizo ver a Elena. Misma altura, mismo color de pelo. Sus ojos marrones difuminados, empañados por la pena, en ese naranja fuego de llama intensa. Sintió un perfume singular sin acabar de reconocerlo. Hizo venir a la azafata de nuevo. No llevaban ni una hora de vuelo. El cielo de Barcelona todavía no había nacido para él. Un whisky y un agua. Eran las once de la mañana, no quería soportar el tedio y el terror inexplicable que sentía sin un gramo de alcohol fluyendo por su sangre.

A la vuelta, ella giró su cabeza para mirar a Martín con toda la intención, clavándole la oscuridad de su mirada electrizante. Le sonrió. Martín soltó el vaso, sorprendido del escalofrío que recorrió su columna y cayó a sus pies como cuchillo hiriente. Aspiró la misma fragancia de hacía unos minutos y no pudo más que bajar la vista, aturdido. Era el pasajero que buscaba, ella lo sabía, por eso provocó una turbulencia estremecedora, capaz de agitar su corazón, que pesaba tantos kilos como su hijo muerto, para que no se despistara, para que supiera que estaba allí, en su viaje al vacío desde las nubes altas.

La espalda de ella era perfecta. La vestía, como una segunda piel, un elegante vestido negro hasta sus rodillas. Los huesos de sus hombros y la blancura de su piel, nítida y sana, dibujaban una silueta poderosa que endiosaba su presencia, única y distinta.

Martín no dejó de pensar en ella desde ese momento, mientras intentaba luchar contra la imagen de su hijo muerto, en brazos de una mujer poseída por la locura, tan lejos de aquella Elena de veinte años que le conquistó.

Comenzó a sudar y dejó la manta en el suelo. Su compañero de asiento se aflojó el cinturón y carraspeó molesto. Martín se puso música. En las pantallas diminutas Clint Eastwood los miraba desafiantes, sin mediar palabra. Su imagen triplicada en treinta y tres filas, lo mareaba. Intentó relajarse y se empeñó en centrarse solo en la melodía que salía de sus auriculares. Sin embargo, Alberto lloraba sin mesura, Elena le suplicaba atención, su blanco vestido ya plagado de sangre. La bella mujer de negro, cinco filas más adelante, se giraba mostrando la blancura de sus dientes, conjunto perfecto para sus labios de un rojo intenso, color cereza madurada en exceso al sol. Martín no podía respirar. Cerraba los ojos, para no ver, para no sentir, para no vivir. Pero algo más grande le empujaba a despertar sin quererlo y hacía que le ardiera el vientre, la garganta. El cansado músculo latía cada vez con más rabia, pesado y envejecido de repente.

Otro whisky, por favor.

Otro whisky, por favor.

Otro whisky, por favor.

La azafata le sugirió comer algo, casi le imploraba, con sus ojos rasgados y una mueca dulce en sus gruesos labios. Negó con la cabeza. Le sonrió con su boca pastosa a la cuarta copa y le agradeció con un gesto lleno de una ternura desconocida. Ya no escuchaba música, solo el grito desesperado de Elena, la carcajada desencajada de la misteriosa mujer de negro, el llanto sin pausa de un Alberto bebé.

El móvil cayó al suelo, en un intento inútil por ver unas fotos que le había enviado su madre.

La mujer de negro se lo devolvió, obligando a Martín a rozarle la mano, pequeña y suave.

¿Estás preparado? La pregunta de ella le dejó sin palabras.

Miró a su derecha. Elena asintió con su cabeza contestando por él.

Martín las miró alucinado. Lloraba como un río sin piedras en el camino.

Ella le agarró la copa y la bebió con ansiedad. Comenzó a desvestirse. Empezó por sus zapatos de tacón. Diez centímetros menos le separaban del aroma a brasa quemada y miedo.

Una vez traspasadas las nubes, ya no sentirás pánico. Es más, la falta de aire comenzará a ser algo placentero. Por fin conocerás la felicidad.

Bajó su cremallera por detrás con absoluta destreza, dejando al desnudo sus pechos y su pubis. Elena consiguió callar al bebé y se sentó a descansar con una sonrisa pacífica y bella. Abandonó los signos de cansancio, sus ojos y su pelo volvieron a brillar.

Martín sentía los pinchazos cada vez densos en su corazón, su brazo apenas respondía.

Vuelve a mí. La mujer le ofreció su cuerpo virgen.

Él sudaba, quería gritar, pero ya nada en su cuerpo respondía. El blanco de las nubes le atraían como un imán.

El salto fue traumático. La angustia se apoderó de su ser. No podía controlar ese cuerpo que ya no era suyo, perdidas sus fuerzas con el ahogo que provoca la magia negra en su víctima. La mujer de negro le agarraba con firmeza.

No temas. Le dijo en un grito triunfal y sereno.

Martín observaba todo junto a su verdadera Elena. Acariciaba a su bebé y comenzó a sentir la caída como una liberación del peso, de la losa que le acompañaba desde que lo perdió.

La azafata intentó reanimarlo sin conseguirlo. Las turbulencias ayudaron para desatar la histeria entre los pasajeros cercanos.

La mujer de negro flotaba a su lado como un pájaro más. Alberto apretaba con sus deditos la mano de Martín. Elena recostaba con amor su cabeza en el brazo de aquel que acompañaba a la muerte en la caída más intensa y mágica de su vida.

Gracias por leerme, enamorado de la literatura.

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