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Es tan sencillo

Es tan sencillo

Es tan sencillo mirar por la ventana y ver el cielo. Respirar el aire fresco de la mañana. Entender el significado de la palabra amor y amar sin ataduras, sin apegos, sin condiciones

Es tan sencillo comprender lo que es la vida, verdadera asesina de lo que creemos ser, inconsciente y fugaz como un suspiro

Es tan sencillo caer en el abismo de lo cotidiano comprimiendo el corazón, esclavos de las normas, de las preguntas y ¿sus respuestas?, de lo incierto

Es tan sencillo arrastrarnos hacia el ruido, fluir con la lágrima amarga de los porqués,  disimular y simular el vacío, abandonar el silencio

El simulacro de incendio que nos mantiene despiertos pero no vivos, la huida hacia la nada, el viaje a quién sabe dónde, la angustia del pasaje a oscuras, el frío que cala los huesos del no muerto, el príncipe destronado, la rana triste de una princesa libre, el festín de los enanos, el circo de los tuertos, Alicia sin país, una bella que no duerme, ¿y si alguien te observa en secreto?

Es tan sencillo ver el mar en calma y ni siquiera pensar que la tempestad avanza. Vivir el ahora. Mirar a la cara al ego y ordenarle que se marche, ahuyentar al miedo que sólo habita en nuestra mente inquieta y desobediente

Cruel habitante de la indecisión el duelo nos ata a un pasado que ya no es. La tristeza ataca, muerde, nos despedaza cual lobo hambriento y despiadado entre la nieve blanca

Pero es tan sencillo vivir. Abandonar los patrones que nos incomodan y nos esposan junto al tronco ya caído. Huérfanos de héroes de papel, solitarios, nos dejamos herir para recrearnos en el victimismo del no voy a poder

Quiero. Porque es tan sencillo amarse a uno mismo que encadenarnos al yugo de este infierno cristiano queda en papel mojado cuando se da el amor, primero en uno mismo, después en los demás

Es tan sencillo hablar de corazón, sentir con el alma, ser uno, que nos han enseñado a vivirlo con terror y hemos aprendido a ignorarnos para necesitarnos los unos a los otros, olvidados de nuestro ser, presos infieles a nuestra esencia

Vamos a mirar por la ventana de nuestro yo más íntimo e interno y ver el cielo azul y el mar en calma. Hagámoslo y desnudémonos como cuando el aire roza y acaricia la mejilla con la naturalidad de lo que es etéreo, de lo que es eterno, la serenidad nos ampara

Es tan sencillo….



Reflexiones de una mujer con tacones al borde del camino

La canción más bonita del mundo

El tren de cercanías va a tope, como parece ser es habitual según los comentarios de la gente que me acompaña en el minúsculo cubículo. El calor nos convierte sin escrúpulos en indefensos monigotes, incómodos prisioneros de las circunstancias pero intento concentrarme en la pantalla de mi Tablet. Ya no tengo coche y la rutina diaria de  vuelta a casa sospecho que dejará de ser amable. Tampoco me importa aunque sí reconozco que a esas horas de la tarde el parloteo de la gente, los olores húmedos, los alientos opacos no son buena compañía. Calma. Todo va bien. El pitido repetitivo anuncia el cierre de puertas y nuevas voces y movimientos se confunden con el taciturno ambiente. Mi maletín ocupa el único asiento que debe continuar libre en el tren pero parece ser que unos ojos abiertos ya han decidido, y con razón, ocupar ese espacio. Perdona, me dice una voz dulce  al tiempo que levanto mi vista del email que intento escribir. La he notado mucho antes de que se dirigiera a mí. Es mucho más que un cuerpo de coco la que me pide que le permita el paso. Tengo que levantarme para cederle el asiento de al lado y a punto estoy de tirar mis trastos al suelo. Sin poderlo evitar, de repente, soy un adolescente. Calma. Ya estoy sentado de nuevo, recompuesto, fijada la mirada en mi trabajo y la mente en su presencia.

 

Ya no oigo al resto de la humanidad. El sonido que sale de sus auriculares me envuelve jugando a despistar mi concentración. Ella saca el pañuelo de alrededor de su cuello dejando su huella impregnada en el pulso de mis respiraciones. Lo acomoda encima de su bolso, arremanga su camisa negra delicadamente descubriendo el baile de sus muñecas y sus cuidadas y suaves uñas color granate, suspira y se pierde girando su cabeza hacia la ventana.

Ella mira las nubes y yo miro su canalillo de reojo, entusiasmado. Me siento vivo ¡de nuevo! Todo va bien. Presiento que escucha la canción más bonita del mundo, triste melodía de piano que comparte con mi cercanía, virgen mi oído, acostumbrado al duro y metálico sonido del caos que a veces inunda mi existencia y otras la incendia.

El tren avanza al compás del cielo. Ese cielo, escenario roto y fragmentado por los gruesos cables del tendido eléctrico junto con el tono vacío y frío que deja la ausencia de sol tras las nubes aún ligeras pero grises, es nuestro equipaje junto al peso pesado de nuestros pensamientos. Y sé que piensa en mí. Ha mirado disimuladamente mis manos morenas y mis largos dedos. Lo sé porque yo he mirado disimuladamente el reflejo dorado y elegante del colorete en su hermosa tez y nos hemos cruzado sin vernos, inventándonos, acompañándonos intencionadamente durante todo el trayecto. Descubro feliz que bajamos en la misma estación aunque nos perdemos el rastro buscándonos, entre la marabunta que nos oprime, regresando a casa despistado. Me duelen las agujas del corazón que se mueven inseguras entre el más diez y el menos diez  del péndulo salvaje que las habita.

 

Y no he vuelto a verla.

 

La nueva casa de Marta está casualmente a unos 10 minutos caminando de la estación de tren, tan familiar ya para mí en estos últimos meses. Cargo una de las últimas cajas que contiene libros, cd,s y otros cachivaches sin importancia que Marta dejó abandonados en nuestro piso. No he querido discutir, ya no me importa quién hirió a quién, simplemente olvidé que hubo herida .Sólo quiero pasar página y empezar a vivir. Supongo.

Marta me ha despedido con una bomba por portazo, alimentada por su rabia. Yo no siento nada. Estoy en paz. Abandono el largo pasillo libre de cargas mientras mis piernas cogen impulso ya ligeras pero de repente la escucho y paro en seco. La música clásica aparece como la magia, sorprendiendo, maravillándome otra vez. Estoy seguro que viene de aquella puerta, a la derecha, aquélla, la que siento envuelta por el aroma de coco y caramelo. Y una fuerza desconocida pero real me guía, como sonámbulo e idiota.

 

Y abre la puerta y la vida me la regala, a ella. Observo embobado, de nuevo, la canción más bonita del mundo. Ahora mismo estoy a un más diez en el balanceo continuo de mi existencia.

 

La vibración es tremenda.

 

Toda la vida esperándote.

 

Amor, las casualidades no existen.

FUERA DE TEMPORADA

MI AMANTE VULGAR


Le enseñé la fotografía de mi móvil, la observó durante varios segundos sin decirme nada y me devolvió el teléfono con una sonrisa. ¿Qué opinas?, le pregunté. A ver, déjame ver de nuevo, me dijo, y volvió a observar en silencio, analizando, vete a saber qué. Me miraba fijamente sin hablar, mientras me devolvía de nuevo el móvil. Es vulgar, dijo con autoridad. Vulgar, menuda perra, pensé. ¿A qué te refieres?, le pregunté. No me lo tomes a mal, no es vulgar en el mal sentido, yo también lo soy, simplemente es demasiado corriente, le falta el plus. El plus, repetí sorprendido, segundos antes que lo dijera de nuevo ella, que tras permanecer en silencio, comentó: una mirada, una bonita sonrisa algo que la haga diferente de una mujer corriente. Tiene buenas piernas, le insistí. No lo dudo, comentó ella. ¿Qué te ha dado?, ¿por qué te has fijado en una mujer así?. Cariño, me apresuré a decir, me ha dado cariño. Entonces me callo, contestó, si te ha dado cariño es importante, todos necesitamos cariño.

Bebió el último trago de su cerveza ya caliente y decidimos marcharnos de aquel bar. No quiso darme un beso mientras caminábamos en busca del coche. Nada de besos esta noche, me soltó muy seria, no quiero ser como una mujer enamorada, el miércoles tendremos todo el tiempo del mundo para besarnos.

La dejé en casa y conduje con un importante calentón de huevos hasta la mía.

Me dijo que mi ex, con la que aún por desgracia vivía, era una Barbie y mi nueva amante vulgar. Pero cuanto más hablaba, más la deseaba.

Tenía su gabinete psicológico abierto veinticuatro horas para mí, sin embargo había cerrado por derribo su corazón, y por defecto, su coño, de momento.

La primera vez que hicimos el amor, hacía veinte años, mezclamos los sudores de nuestro esfuerzo y la arena de la playa en la bañera del minúsculo cuarto de baño de mi hermana, con la que compartía temporalmente piso. Pensaba que era demasiado joven para ser tan guarra y mi polla se ponía dura con sólo recordarla, mojada y juguetona.

Habían pasado veinte años y me devolvía hacia mi casa caliente, mojado y con ganas de volverla a ver para estrujarla, manosearla y por qué no, también para amarla.





LA NOCHE DEL COLACAO

Hace un frío terrible y nos hemos mojado hasta la trancas, te dejo subir a casa sólo con una condición. Todas las condiciones que quieras, le dije. No vayas de listo, corazón, me dijo acelerada, nos secamos, nos ponemos cómodos en el sofá y nos tomamos un colacao bien caliente para entrar en calor y después, si quieres quedarte, puedes, pero a dormir. Acepté pensando que era un juego y quería jugar y ganar. El premio era ella. La miraba extasiado en el estrecho ascensor, a la vez que olía la dulzura de su pelo húmedo y el ron en su boca. El rímel corrido, le daba un aspecto oscuro pero tierno a la vez, corrido entre sus ojos, mientras mis huevos y mi polla hacían un esfuerzo por no imaginar cómo sería correrse entre sus pechos.

Me tiró juguetona una toalla enorme para que me secara, mientras ella hacía lo propio y camuflaba su cuerpo en un corto batín azul oscuro. Se lavaba los dientes descalza frente al espejo, mientras yo, apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, veía como su culito se movía al ritmo brusco que marcaba su brazo y el cepillo, y no podía moverme. En el armario encontrarás algo de ropa de mi ex, ponte cómodo, dijo, voy a calentar la leche. ¿Más? Mi sangre hierve rodeando mi polla con sus venas y tú ¿quieres calentar la leche? Pensaba que estaba de broma pero iba muy en serio y yo no podía ni hablar, sólo observaba y obedecía. Un pantalón de chandal gris y una camiseta blanca de manga corta. Todo me quedaba perfecto. Las cucharas, los vasos, el colacao, la leche, la nevera, el microondas, todo un juego de movimientos coordinados, miradas esquivas, sonrisas….Quiero follarte. ¿Cómo? Me preguntó ella guasona. Que quiero follarte, le dije mientras la acercaba a mí levántandola por las axilas. Pues yo quiero dormir, beberme esta enorme taza de colacao y dormir como un bebé. Estoy agotada. La besé. Me has tenido dos semanas castigado sin darme opción a vernos ni para tomar una triste cerveza y charlar y me muero por sentirme atrapado entre tus piernas, le dije. La leche se está enfriando, me respondió y se apartó de la celda que había construído con mis brazos. Bébete la leche, me ordenó y dio un trago largo e intenso a su vaso. Me cago en el colacao, en la lluvia, en el batín que sólo cubre hasta su trasero. Quiero comerme sus pies descalzos y lamer sus uñas pintadas de granate. Beberme la mezcla de menta, ron y chocolate que aspiro de su boca. Quiero ponerla boca abajo y moder su culito y hacer que con mis dedos sienta el frío del placer inminente. Quiero comerme su coño, bañado en mi saliva, cubrirlo con mi semen cuando ella me grite que ya no puede más. Tu colacao está frío, me repite amorosa y nos mantenemos callados, sentados frente a frente. Es verdad que la taza ya no humea y ella se cruza de brazos, esperando no sé que. Al final me coge de la mano y me levanta. Rozamos su taza vacía con nuestros movimientos bruscos, y la hacemos chocar con la mía, completamente a rebosar de leche. La cama está fría pero poco a poco entramos en calor. Nos besamos suavemente y me pongo tan contento como un niño con un chupa chups gigante. Pero me dice buenas noches y se gira dándome totalmente la espalda, aunque me obliga a abrazarla por la cintura. Se acomoda bien. Su culo se refriega a gusto con mi polla que está tan dura como una roca de jacaranda, y suspira feliz. Esta noche nada de sexo, me dice y a los pocos segundos ronca como el ogro más feo de una pesadilla infantil. Me quedo frío, como un témpano, como el vaso de colacao que inerte sobrevive en el filo de la mesa de la cocina. Mi tranca se desinfla tras perder la batalla.



Mi ex es una barbie, mi amante, vulgar, y tú eres una auténtica zorra, perla del desierto, pienso mientras me abandono al sueño que planea, aún cachondo, entre el calor de nuestros cuerpos.



OTRA DE MEJILLONES

Ha llegado el buen tiempo y parece ser que la princesita ya se siente más cómoda en su piel de lagarta.

< /span>Acaba de volver de Formentera con su amiga. Ha vuelto morenita, está guapa la tía. Los ojos más verdes y su melena oscura, más clara por el sol. Me explica que han hecho buenas migas con los dueños de la Fonda Pepe y que las dos últimas noches ha dormido con un alemán, guapo, guapo y matiza y resalta, “he dormido”. Conmigo, sólo duerme en su cama. Nos hemos pateado todos los hoteles de menos de cincuenta euros la noche de Barcelona y alrededores para follar pero para dormir, siempre su cama. Con el alemán, el tío guapo, también ha dormido, eso parece o eso dice, lo que no sé  si ha follado. Tengo casi cincuenta años y esta mocosa de poco más de cuarenta se queja de que todos sus amantes tienen piso menos yo. Todos separados, como yo, casi todos con hijos, como yo, pero yo soy el único que no tiene piso propio…hasta ahora. Ya por fin alquilé uno cerquita de mis hijos y me chupé toda la mudanza solo junto con un par de buenos amigos mientras la perla del desierto se bañaba en las cristalinas aguas de Formentera y dormía con un alemán, guapo, guapo.

Estamos en Sitges, en una terracita frente al mar y pedimos otra de mejillones y dos cañas más. Los mejillones están para chuparse los dedos, como la princesita, que ha vuelto morena y lo resalta con una camiseta blanca de lino, anchita por la cintura, para disimular la barriga redonda, jugosa, tierna que alberga las tapitas del bar y las cervezas de los fines de semana. Comentamos la última cazuela de mejillones que nos metimos entre pecho y espalda en Barcelona, antes de marcharse de vacaciones, pero los mejores, los del Bar Ángel, al lado de la Estación de Francia. Lástima que no tengan terraza en ese bar. Nos reímos, me enseña alguna foto, muchas ya me las pasó por whatssap y bebemos y bebemos y nos besamos y le digo que la he echado de menos y que no me hable del alemán guapo, aunque ella habla y habla por los codos ligerita su lengua ya por el alcohol. Nos vamos a la playa y nos rebozamos en la arena mientras nos merendamos a besos. Son casi las siete de la tarde y el sol todavía muestra sus garras quemándonos la piel. Hoy no hay hotel que valga, ni cama para dormir, ni colacao que reconforte. Hoy la llevo a mi piso y quiero follármela con las mismas ganas de un adolescente. Mientras pago el peaje de Sitges, me mete las manos entre el bañador y empieza a comerse mi polla salada. No recuerdo como hemos llegado a casa, mi nueva casa, para follar, para dormir, para vivir. No he subido a ninguna de mis amigas antes, como un amante Penélope la he esperado a ella, que no es una barbie, ni es vulgar. Que sabe a chocolate y a mejillones y huele a mar y a veces a cerveza y algunas a ron añejo. Sólo miente cuando dice la verdad y sólo dice la verdad cuando miente. Por eso me gusta y me la pone dura y dejo que ronque entre mis brazos y que baile descalza cuando el frío aprieta para calentar luego sus pies contra mi cuerpo ardiendo.



Con el buen tiempo, la piel de la lagarta brilla más y deja secar al sol, su mal humor y sus caprichos y escurridiza como es, consciente de que lo bueno terminará, me sonríe y me hace partícipe de su alegría pasajera . Hoy hemos hecho el amor como salvajes, quitando la arena pegajosa en la ducha que estreno con ella. Como hace veinte años, he pensado en lo guarra que es y lo mucho que me gusta y me he follado su culito en el sofá del ikea que compré pensando sólo en esto. Se ha quedado frita en dos minutos, nada más hacer estremecer con mi lengua ese coño limpio y sonrosado.



¿Qué hora es, corazón? Me pregunta desorientada. Son las diez de la noche pasadas, le contesto mientras beso su pelo enredado ¿Nos pegamos una ducha rápida y bajamos al Bar de la Sonia, a hacer unos pinchos? Tengo un hambre, me apetecen unos pulpos a la gallega…y, ¿me dejas en casa, para dormir?



Me cago en la perla, en los pulpos y en el alemán de Formentera, que no tiene la culpa pero tiene que recibir. Pero por qué cojones no se puede quedar a dormir en casa, ¡¡en mi casa!! ¡¡ya tengo casa!!



Pero yo quiero hacerte el amor otra vez, le digo cariñoso aunque la estrujo fuerte contra mi pecho con ganas de matarla. Bueno, picamos algo, tomamos una copa, subimos a hacer el amor y luego me llevas a casa a dormir, estoy muerta. ¿ No te gusta esta cama? le pregunto ya en un tono carente de paciencia y comprensión. Me gusta esta cama, contesta. Y entonces ¿por qué no puedes quedarte a dormir aquí? Puedo, pero no quiero y se separa de mi abrazo al tiempo que me contesta y me mira con los ojillos de la niña que sabe que ha hecho algo mal y que recibirá una tunda por su actitud pero a la que luego abrazaré como un padre protector. No puedo con ella. Me he enamorado de una princesa que juega a ser rana, de una viuda negra del amor. Es una delicatessen que al final me resulta indigesta. Esta noche voy a buscar un remedio a la idiotez, a su capricho y a mi flojera. Se quedará a dormir en mi cama y follaremos entre sus sábanas cuando nos apetezca. Y dormiremos en su cama y follaremos entre mis sábanas cuando nos apetezca también. Puede que me salga más caro el remedio que la enfermedad, curaré mi ardor de estómago pero le produciré una urticaria, seguro. En cualquier caso, ya buscaremos remedio para lo que pueda venir pero esta noche, a la perla perdida, la princesita, la señora capricho, la niña mimada de mis ojos, voy a decirle que la quiero.







ES RARO EL AMOR

Se dejó caer en el sofá, con toda la elegancia que pudo disimulando el temor que la invadía y el temblor que generaba en su cuerpo la situación que estaban viviendo y lo siguió observando obediente. Descalzó sus pies y sintió un alivio inmediato al desembarazarse de sus tacones, estrechos zapatos de princesa vestían sus diminutos pies. Él se agachó, poniéndose de puntillas y quedando sus caras a la misma altura, boca con boca, nariz con nariz, ojos con ojos, boca con boca. Pero no la besó, sólo apretó su mejilla, la que no tenía herida, fuerte, con tensión, con la fría mejilla de ella, empolvada todavía de rosa, y volvió a levantarse dando pasos lentos de un lado a otro de la estancia, cabizbajo y aún pensativo e indeciso. Ella agarró un inmenso cojín que quedaba a su derecha y lo puso como escudo entre su pecho y el mundo, apretándolo con fuerza, como a la defensiva. Él cogió un cigarrillo de su bolsillo, encendiéndolo sin prisa y mirando hacia la nada. Lo aspiró con el ansia del que se sabe adicto y bruscamente apartó el cojín de entre los brazos de ella dejando de nuevo al descubierto las formas precisas de su pecho latente tras los botones de la estrecha camisa y le acercó el cigarrillo a los brillantes labios, imponiendo su voluntad. Ella, tras aspirar, lo apartó con sus delgados dedos y expulsó durante un interminable segundo el humo gris y demoledor. Seguían sin hablar, pero él ya no caminaba de un lado a otro. Sólo la miraba, observaba cómo fumaba y  sostenía con gracia el cigarrillo con sus bonitas manos de muñeca. La deseaba. Ella continuó fumando y subió sus piernas al sofá, dejando ya ver del todo la costura de su medias, la falda negra a la altura de sus cachetes, y cediendo ya a la imaginación el dibujo de su sexo oculto en la oscuridad. Él sintió una punzada y no quiso mirar más. Seguía nervioso y como acto reflejo se giró, dándole totalmente la espalda a su deseo y se acercó al mueble bar. Whisky y dos vasos anchos y bajos. Lo apoyó todo en la minúscula mesa de delicada madera tallada artesanalmente y sirvió la bebida. Se dejó caer a su lado, agotado al fin, los pies de ella rozando su tejano con ávida y estudiada arrogancia. Acabaron en silencio el cigarrillo y bebieron el whisky como los dos desconocidos que eran.






Cuando se despertó dolorido, aún reinaba la oscuridad de la noche en la habitación. Encendió la lámpara decorativa y con la leve luz que desprendía pudo ver los vasos rotos en el suelo, el paquetito casi intacto, de milagro, con la coca en un hueco cercano a la ventana, intuyendo el olor del alcohol mezclado con la sangre. Le dolía la mandíbula y abrir los ojos le resultaba muy molesto. Mientras se arrastraba hacia el lavabo empezó a recordar, las risas, las copas, las manos de su amigo Iván tocando el trasero de Laura mientras bailaban agarrados. Los besos de ella jugando con él mientras se dejaba acariciar por su amigo. El primer puñetazo, los gritos, los llantos de ella asustada en el rincón. Se miraba al espejo del inmenso cuarto de baño y descubría los morados y la sangre ya seca de su cara, la camisa manchada y mientras se lavaba, al unísono con el correr del agua, en su cabeza pululaba la imagen de Laura, la tarde antes de la despedida, mientras le hacía el amor como un salvaje, implorándole por dentro que no se marchara, llorando como un niño. Y la rabia y la tristeza le invadían sin clemencia.





Ella abrió los ojos al escuchar un intenso suspiro. David. Pero no era él el que estaba a su lado sino Iván que recostaba su cabeza en el hombro de ella. Miró su reloj. En menos de seis horas debía estar volando camino de Barcelona. Intentó despertar a Iván con suaves toques en la cara, pero éste no respondía. Como pudo se incorporó y lo dejó totalmente tumbado en el sofá, aunque ya empezaba a dar signos de consciencia. Buscó el baño, reguló la temperatura del agua de la ducha, mientras se desnudaba como una autómata, dejando caer a sus pies su escasa ropa y se abandonó totalmente cuando el chorro recorrió libre y con ímpetu cada poro de su piel. Sintió la presencia de Iván que la esperaba pensativo apoyado en la pared con una gran toalla entre sus manos. Ella se dejó envolver y también se dejó besar por los labios heridos y le gustó como los brazos de él la rodeaban mientras ella intentaba desabrocharle la camisa para poder apreciar y saborear con sus manos y su lengua la dura piel de él.



Pero alguien aporreaba la puerta del piso con insistencia y de fondo escuchaban un abre la puerta cabrón, casi como una súplica. Iván se separó de Laura y la miró unos segundos antes de dejarla sola para ir a abrir. Desquiciado entró David, empujando a Iván que no se resistió. Laura salió al comedor contemplando la escena tiritando de miedo e intentó sujetar la toalla, pero ésta resbaló incontrolada dejando al descubierto sus hermosos pechos húmedos y vestidos por pequeñas y transparentes gotas de agua. Los tres se miraron, en hermoso triángulo no ensayado. Laura se acercó, desnuda también llevaba su alma, y acarició con mucho cariño el pelo revuelto de David que la vigilaba primero desafiante, después hipnotizado irremediablemente y rendido por la belleza de los ojos de Laura y agarrándola por la cara la besó violentamente y con desesperación al principio, calmando su ansiedad a medida que la lengua de ella domaba con experiencia su instinto más animal. Iván se acercó por detrás de ella. Suavemente se incorporó al baile improvisado de los amantes, acariciando los brazos de Laura, rozando con su lengua ávida su cuello, sintiendo el olor del pelo mojado, su sexo alimentado ya del todo por la escena. Iván empezó a desvestirse, Laura empezó a despojar de sus ropas a David, sin despegarse de él, amándolo, sintiéndolo. Iván rodeó con sus brazos la cintura de Laura y la empujó hacia él, guiándola sin girarse hacia su habitación mientras con la mirada invitaba a David que observaba la escena sin reaccionar. David, le llamó Laura, y extendiendo su brazo hacia él le imploró que los siguiera hasta el cuarto. Iván se dejó caer junto con Laura en la inmensa cama, David se tumbó junto a Laura y siguieron besándose como dos adolescentes. Brazos, piernas, lenguas, sexos, vueltas en la cama, sonrisas, caricias, las salivas, los sudores, sábanas arrugadas y húmedas, los deseo
s mezclados y entregados ganando la batalla del dolor. Comunión de tres almas solitarias. El placer es tan cruel, el deseo infernal, la soledad tan inmensa que los vértices de ese triángulo se necesitaban sin remedio y sin demora. Y el amor nacía implacable y por imposición de entre las ruinosas miserias de las carencias, pero limpio e ingenuo, como una primera vez.




Cuando los amigos despedían a Laura en el hall del pequeño aeropuerto, sabían que volver a llenar ese vacío que ahora les quedaba significaba iniciar un litigio desconocido y de improbables consecuencias.



Laura, sin embargo, sabía que les amaba, a los dos, por encima de cualquier placer e infinito deseo y que ya no le importaba nada más que saber cuándo podría volver a verlos.



CAMINO DE VUELTA

«…Yo no quiero París con agüacero, ni Venecia sin ti. No me esperes a las 12 en el juzgado, no me digas volvamos a empezar. Yo no quiero ni libre ni ocupado, ni carne ni pecado, ni orgullo ni piedad. Yo no quiero saber por qué lo hiciste, yo no quiero contigo ni sin ti…»

J. Sabina

Romper con el presente, que es romper con el pasado y el futuro. Como una copa vacía de fino cristal de Bohemia, en minúsculos y perfectos pedazos. Como un papel de fina hoja hiriente, sin palabras grabadas, hecho trizas. Como la cuerda tensa, mordida por la incisiva tijera, sin piedad. Imagino el cristal en añicos, como ángel caído, como polvo blanco que se alimenta de la vieja fotografía desdeñada.

Una nunca aprende lo desaprendido y desaparece sólo a medias, habitada sin sombra, dejando siempre el imperecedero rastro de la distancia. Como fiel suicida de mi misma, asesina de materia, entretengo tus pasos, enredando la marcha, deshaciendo un camino que nunca se hará porque aún no ha nacido.

Por eso cuando con tu sexo, sin el tacto del amor, me haces sentir la más puta de todas las putas y pago con mi alma el precio siempre impuesto por mi soledad, lloro en silencio, atrapada por el suave aliento de una libertad creada por mi mente, criada como la ilusión del sediento en el desierto de insectos que desangran la vida invadiendo cualquier voluntad.

Intento inventarte de nuevo, reconstruir los espacios dañados, cubrir con caricias de aire, que ahora reconozco muerto, los resquicios agotados e invisibles de tu cuerpo, ése que nunca hice mío, para que no me desnudes a la fuerza, para que no desgarres a mi piel con la mano ofensiva como lija, víctima del poder del que se sabe grande.

Descubro ahora abierta la ventana que ya no nos pertenece. Con los ojos deslumbrados y ciegos todavía, adivino la calle mojada y el olor de las flores que nunca plantamos, vírgenes siluetas tras la tempestad. Voy a desenredar mi pelo al sol, voy a soñarte distinto, sin ley que pueda atarte a mí, ausente ya de mí, apenas un recuerdo indiferente en el polvo blanco del que fue cristal hecho astillas.

LA VERRUGA

Hola, me han dicho que hay un producto para quemar verrugas, que ésta que tengo aquí-y girando levemente el cuello la señalo-cada vez se me hace más grande

El farmacéutico de ojos de sapo sonríe mientras dirige esa mirada fuera de órbita a la intrusa viviente de mi cuello, entre paternalista y cachondo, y sin mediar palabra da media vuelta y entra en un cuarto que imagino oscuro y tedioso, aunque lo distingo claramente blanco y lleno de luz artificial entre las cortinas.

Esto es lo mejor-me dice mientras apoya una cajita en el mostrador- y se me queda mirando, silencioso y esperando paciente a que yo abra mi boquita para pronunciarme.

Tiene los ojos tan azules que me duele mirarle y cogiendo la caja, sin apartar mi mirada de ella, pregunto cortante

¿Qué vale?

Me roza con sus manos grandes y delgadas, sus venas verdosas escondidas tras su piel, pero evidentes, y coge la cajita acercándola a una máquina que lee el código de barras que contiene la información de su valor en dinero. Oigo un click, mientras observo a cámara lenta todos los movimientos que efectúa con sus manos y, por fin, vuelvo a verle la cara que sostiene sus ojos azules, saltones y su pelo rubio y algo ondulado.

Él ya me está observando, imagino que desde hace mucho rato y con otros ojos, los que son más profundos, los que analizan tanto mis movimientos visibles como los invisibles.

Tres con ochenta y cinco-me contesta- y el silencio tras sus palabras retumba molesto en mis oídos y mis ojos se vacían al intentar no mirarle mientras le veo.

 

¿Y es eficaz?

 

Sí, es el más vendido.

Vuelvo a coger la cajita y simulo leer, aunque incapaz de concentrarme, lo que del producto me explican, la información que con tinta negra han grabado en ella, mientras me siento observada por el ser que habita en el farmacéutico y al que intuyo cansado.

El más vendido, me digo para mis adentros, el chico tiene el don de la palabra, pienso.

Pónmelo, le contesto ya nerviosa e impaciente sin entender todavía por qué y acto seguido me recrimino a mí misma, cabreadísima, mi “pónmelo”.

Tras pagar, trámite que se me hace insoportable, abandono la espaciosa estancia y siento que al girarme hacia la puerta de salida el simpático farmacéutico me mira el culo intencionadamente y gustoso. Yo veo el reflejo de mi cara en las puertas corredizas que disipan mi imagen a medida que me acerco a ellas y se separan sigilosas para dejarme escapar. Voy perdiendo de vista mi nariz, el punto reflejado en los cristales, en el que fijo mi mirada, que se muestra con una especie de bulto, similar a una chepa, como convidado de piedra desde el torpe accidente de hace un mes.

Bruja.

Has dejado que las “lorzas” invadan tu cintura, hace nada de abeja. Tu cabello ya no luce brillante y aún no sabes por qué. Ya no te miran los mismos hombres que hace un tiempo, ahora te miran al pasar los que tienen hambre de verdad, feos, viciosos, frikies, olvidados, depresivos, ingenuos, no follables, no follados, incomprendidos, solteros, protegidos, inseguros, viejos, salidos, delincuentes de bajo rango….Y aún no sabes por qué. Tú comes igual, tú bebes igual, tú andas igual, tú follas igual. Mantienes tus costumbres, tu dieta, tu gimnasio, tus lecturas, tus charlas, tus cafés y tus copas de vino, tus amigos, tus amigas, tu vida social, tu vida nocturna, tu diferencia respecto a las demás, ¿o no? ¿Antes los hombres con los que compartías cama no tenían hambre de verdad? ¡Ja! ¿Se acostaban contigo movidos por el deseo que tu cuerpo diez les provocaba? Ja,ja ¿O era esa sonrisa entre inocente y perversa lo que les volvía locos? Ja,ja,ja ¿Qué conversación tenías que con sólo oír tu vocecita ya se dejaba notar el empalme en sus sexos?

No eres diferente ahora.

Pisas el acelerador porque quieres vivir y sentir como antes pero sin mirar atrás. Necesitas conocerte y en la huida te descubres, por fin, como mujer. Quieres ver si eres capaz de tentar los deseos ajenos con la realidad aplastante que te envuelve, con los años a los que ya no engañas. Pero te sientes fuerte porque tienes el carácter suficiente para verte y hacerte auténtica.

Bruja.

Reniegas. Te gustas.

Bruja.

Reniegas. Te gustas más que antes.

Bruja. No eres diferente ahora, pero te quieres más.

Pisas el acelerador porque adoras el riesgo, porque en él sacas tus tripas a la vez que te meriendas la vida gustosamente.

Mis tentáculos bailan como acariciando la música explosiva que me hace moverme y sudar sin permiso. Me he puesto guapa esta noche, me siento guapa. Reconozco que ese bulto en la nariz, minúsculo aunque impertinente me da un aire distinto y lo voy a potenciar, sí, mi nuevo aire, no mi bulto. La camiseta empieza a estar mojada al igual que mi pelo, al que mimé hace unas horas con una mascarilla extra fuerte y extra cara con olor a coco. Me acerco a mi amiga y le hablo a gritos al oído. Ella me sonríe y asiente aunque no me ha escuchado, ni lo ha pretendido. Salgo afuera para tomar el aire mientras intento coquetear con el portero con mi nariz cautivadora y su nueva misión de mujer misteriosa. Pero éste ni me mira a la cara, pasando olímpicamente de misterios por resolver. Me apoyo en la pared que agradezco fría al contacto con mi espalda descubierta y enciendo un cigarrillo. Es alargado, de color marrón intenso y perfectamente fabricado, estéticamente goloso a la vista del fumador y del que mira al fumador, pero saludablemente hablando insalubre y dañino. Al aspirarlo su sabor a cereza me inunda el paladar. Me da un aire retro y sofisticado, como a mí me gusta sentirme cuando salgo a ligar. A lo lejos, acercándose a la puerta, observo con mis ojos miopes en la noche a un grupo de chicos, a un grupo de hombres, a un grupo de sexos andantes que charlan entre ellos, entre risas sonoras e insonoras, pero en cualquier caso, felices. Distingo, entre todos los cuerpos, la figura delgada, en demasía, que al contacto con la luz de la calle dibuja una sombra alargada como aquélla del ciprés de Delibes y en ella descubro al farmacéutico y reconozco que me animo al instante, reconozco que lo que veo en él me gusta, tan igual pero tan distinto al otro día, que quiero hacerme ver, que ansío que me mire y que deseo que me desee.

Cuando me doy la vuelta en la cama para verle dormir, me digo divertida que el farmacéutico no será nunca para mí una mancha negra en mi expediente. Lo serán los que me hicieron llorar, los que sólo me valoraron por mi cuerpo, los que no me respetaron, los que me emborracharon para meterme mano en un rincón. Lo seré yo cuando recuerde a los que dejé que me manipularan, a los que dejé que me convencieran que la belleza es sólo lo que se ve, a los que permití menospreciar mi valía intelectual, a los que me hicieron creer que me querían cuando sabía que sólo se querían a ellos mismos. Este hombre de ojos de sapo, me ha hecho disfrutar como una cabrona y ha mordido sin respeto ni vergüenza esos kilos de más que se hacen los locos en mi cintura y silban distraídos cuando los toqueteo sin parar. Ellos, mis kilitos, nada, ésos que ni caso me hacen, como el que oye llover cuando les suplico que se vayan con la música a otra parte, ésos, se han dejado querer.

Es casi seguro que no es el hombre de mi vida, porque ya no busco imposibles para satisfacerme, no me gusta limitarme y es casi seguro también que no volveremos a repetir, gatos somos ambos, raros ya, ariscos y descastados, pero reconozco que le siento.

Me levanto cuidadosa hablando conmigo misma, con mi yo cotilla y zalamero, confesándome abiertamente lo mucho que me ha gustado el polvo que he echado con este hombre desgarbado, pero cachondo hasta en sus silencios. Quiero refrescarme y lavarme la cara y la boca. Me miro en el espejo, sé que me veo tal como soy. Fíjate-me hablo- la verruga también está desapareciendo. Y entonces admiro de reojo mi otro descubrimiento, el que se refleja solitario y oscuro en el espejo ovalado, y me digo como anonadada ¡Hay que ver cómo follan los feos!

 

¿QUIÉN ERAS TÚ?

Gata, no recuerdo tu nombre, sólo la lluvia torrencial que nos empujó a buscar el hotel más cercano y las torsiones rítmicas mientras te ayudaba a despojarte de tus empapadas medias.

Mi lengua sólo tenía que rozar, sólo rozar, con mi miel, tu cuello desnudo mientras me dejaba regar suavemente con tu saliva para dejar activados los resortes del deseo y sólo así poder acceder al interior de tu gruta, húmeda y palpitante y poder encontrar el paraíso en el infierno.

Las gotas de lluvia con olor a jazmín recorrían tu espalda en su afán por huir de tu pelo enredado mientras yo te penetraba por detrás, sólo tu cuerpo vestido con tus zapatos de tacón negro y el agua de las nubes.

Más tarde te sublevaste. Me guiaste, autoritaria y severa a la cama. Me montaste. Hasta el fondo, me dijiste, ladeando tu cabeza con tu boca entreabierta y lujuriosa, mientras yo me enamoraba. Los músculos de mi cuerpo se retorcieron con espasmos que hicieron vibrar hasta mis huesos al tiempo que tú jadeabas contrayendo tu coño belicoso ahora pequeño refugio de mi bienestar.

Entonces, te oí y te obedecí. Separando nuestros sexos te tumbé sin dejar de mirarte a los ojos que me hablaban: Piérdete en mi cuello, hazme ese hueco en tu cama…Quiero que mis orgasmos lleven tu sello…Suda, perro, suda. Jadea mientras tu lengua rastrea sin impunidad mi sexo y el tuyo implora su lugar en mis entrañas. No escatimes, no ahorres…Despilfarra a mi costa. Y quiero que viertas tus hijos no nacidos entre mis pechos, casi agónicos ya, en el palpitar irregular de mis sueños….

Gata, no recuerdo tu nombre. Y esta noche, solo, me pregunto mientras te busco entre el paisaje vacío y la lluvia torrencial desdibuja mi silueta, quién eras tú.

LO QUE DURA UN INSTANTE

Totalmente desnuda se recostó de costado tocándole dulcemente la mejilla y compartiendo su aliento. Los ojos grandes y negros que la miraban, enfermos y nostálgicos, escupían lágrimas de agradecimiento pero su boca sellada por los recuerdos, callaba. Ella deslizó su mano rozando lentamente el brazo, la mano aún caliente, las costillas, las nalgas, el sexo, ahora débil y escondido. Volvió a subir por la barriga firme, los pechos, el torso limpio y terso de hombre que hacía mucho la amó, el cuello, la nuez, los labios, ya secos y paralizados  y acarició su pelo castaño sin dejar de mirarlo. Susurró convencida un te quiero sonoro para habitar y compartir el silencio de la alcoba, pero no obtuvo respuesta ya. La vida de él, caprichosa y serena sobrevivió el momento resistiendo lo que dura un instante.

EL MAPA DE MIS AMANTES

 

Dibujo el mapa de mis amantes, el mapa político y el geográfico. La esencia no la encuentro en sus nombres, ni en sus reinos administrativos ni económicos. Me detengo en sus caminos abruptos, asfaltados o no. En sus colinas, el cauce de sus ríos, sus llanuras, si sus pájaros vuelan a ras de suelo, a nivel del mar o planean el pico más alto. Ahí localizo su verdadero yo, lo que imprimen a la tierra, si es seca, de regadío, con rica flora y fauna, con desiertos sin oasis. Todos mis amantes son muchos y ninguno es nada. Recorro con mi lápiz sus siluetas intentado recordar el color de sus cielos, el olor de sus vientos, el sabor de sus frutos, el roce arisco o suave de sus curvas cerradas o de las piedras en el camino. Pero hay uno que me llama la atención sobre todos los demás. Cuando lo conocí parecía volcán en erupción, con energía, con fuego arrollador, lava hiriente e impactante desprendía todo su ser. Él dibujó un mapa distinto en mi cabeza, me hizo creer su fuerza, me convenció con su energía, erosionó la piel de mis sentimientos, al tiempo que se descubría sin quererlo también erosionado, como tierra estéril, gris y de gusto amargo.

Mi amante volcán, el superman de la experiencia era toda fragilidad, que envuelto en la burbuja de su ego permanecía en apariencia inalterable y nada expuesto al desasosiego de la vida que convive con las nubes inmensas del amor y la pasión. Sin embargo, su traje impoluto de superman, el que poco antes se le quedó pequeño por el efecto hinchado de su yo, le fue quedando grande, delgado y vacío le dejó el conocerse a sí mismo, el querer volver a empezar sin saber lo que terminar. Volaba alto, sin oxígeno se quedaba en el vuelo por su exceso de altura, de querer llegar a más, y la fricción del vaivén, del gran impulso le desgastó la capa. Sus vuelos se redujeron a escalas cortas y llenos de trabas en un espacio aéreo que comenzó a ser cada vez más ínfimo. Creó su propio microclima, y casi asfixiado estaba cuando le cayó la tormenta. Ya desnudo, ya sin capa. La piel de su traje hecho jirones acabó por perecer. No fue el influjo de la luna, ni ninguna nueva constelación bajo el sol, sólo fue una simple tormenta que cayó sobre su ser, devastadora por estar indefenso en esa bomba que sólo él había creado y alimentado. Magnificada e innecesaria esa tormenta lo dejó herido, medio muerto, tirita su cuerpo ante el frío que desprende quien, en forma de aislado iceberg, congela con su aliento invisible el estremecimiento más profundo y con juicio perdido maltrata sólo por puro placer. Detrás de la burbuja transparente e impermeable, intentando traspasar la barrera indeseable, estaba yo que con mi grito quería despertarlo e infundirle la calma del manantial de mis inocentes sueños anhelados.

El amante volcán, mi superman ha despertado por fin como montaña devastada. Su cumbre más alta, la que dominaba corazones hambrientos desde la cúspide se presenta como siempre fue, pequeña colina, sabia, útil pero que fue engrandecida y alterada por el efecto de la contaminación. Ahora se verá minúsculo en el mundo pero ganará, por eso mismo, espacio para volar con libertad, con el traje y la capa nueva que le ayudaremos a tejer.

Una carretera mal asfaltada con una lluvia intensa y virulenta se inunda. Cuando sale el sol, seca sus heridas.

Mientras, voy a prestarle mis alas, las de la imaginación, para que vuelva a soñar y aprenda a no depender ni de su risa. Y cuando vuelva a tropezar o caiga en el charco de la indiferencia, manchadas sus manos de barro, le tenderé las mías para levantarlo.

Y sigo repasando el mapa de mis amantes. Con una sola mirada me detendré en algún río, todos son limpios, algunos fríos, otros peligrosos, pero no engañan, ni me engañan. Con algún roce subiré caminando por senderos puede que oscuros y tal vez tortuosos a la cima del placer y el dolor. La lluvia me acompañará en forma de lágrimas y el sol saldrá si algún amante, quizás lejano, calienta mi alcoba cobijándome cuando llegue la noche convertida en miedo e inseguridad. Y siempre los buscaré a todos, los amantes vividos y los que quedan por llegar, entre la hojarasca que viste sus relieves, y los recordaré como los animales salvajes y sin domar que son. Como yo les quiero.

N. TERRÓN

COLONIA DE MAR

Sofía conversaba animada con su amiga Teresa, aunque por dentro una sensación de amarga melancolía la acompañaba, mientras esperaban en la larga cola para pasar el rutinario control de seguridad del aeropuerto antes de embarcar. Habían madrugado mucho para coger el avión que les cruzaría hasta la isla en poco menos de veinte minutos, pero era la única forma de encontrar un vuelo barato y aprovechar al máximo el primer día de los tres que iban a permanecer en las cristalinas playas. Por un lado, a pesar del sueño que la invadía en ese momento, estaba muy contenta de disfrutar esos tres únicos días de vacaciones con su mejor amiga, pero por otro el miedo a las respuestas de las preguntas que se hacía una y otra vez en relación al significado de su vida angustiaban su día a día y ese momento. No era una persona demasiado espiritual, ni mucho menos filosófica pero había llegado a un punto en su existencia que necesitaba saber el por qué de muchas cuestiones, incluso las de carácter superficial, que bombardeaban su cabeza. Su vida se había convertido en la nada más natural posible. Ocho horas de administrativa en el negocio familiar. Rutina pura, papeles, facturas, proveedores, nóminas, morosos, tonteo divertido con alguno de los trabajadores y broncas continuas con el padre y el hermano mayor, sin causas justificadas pero debidas al estrés y al carácter fuerte de todos. Los ratos libres, estudiante de unas oposiciones que formaban parte de su quehacer diario hacía ya más de dos años y sin resultado positivo todavía. Su vida se había reducido a eso, trabajo, estudios, peleas intrascendentes familiares, algún escarceo puntual de fin de semana con una cerveza de más, y ¿qué?, ¿qué satisfacciones la hacían sonreír?, ¿qué llenaba su corazón y la hacía suspirar y soñar?, ¿ sus inquietudes, quién o qué las saciaba?. Unas risas tontas con las amigas de vez en cuando en el bar de toda la vida no eran suficientes. Un beso robado, con toqueteo y con polvo final con el conocido de algún amigo, sin posibilidad de alguna relación posterior, del tipo que fuese, no era su verdadera meta, ¿o sí? Una conversación larga y profunda con su amiga Teresa sobre el rumbo que estaba tomando su vida, no la aliviaba. Y ahora, se veía recompensada con sólo tres días de descanso sin descanso y tenía ganas de comerse el mundo pero a la vez de que el mundo la engullese para quedarse resguardada sin miedos en el rincón más lejano de la existencia. No pensar, no sentir, no vivir. Se sentía como Gulliver en el país de los enanos y al mismo tiempo como Caperucita en la boca del Lobo.


La llegada a la isla la reconfortó un poco. La visión era demasiado alentadora. Las playas tan tranquilas, la arena tan blanca, el mar tan azul, la brisa tan dulce, dejando a su paso una suave caricia. Quiso reconciliarse al momento con ella misma y con el mundo. Habían hecho bien en buscar un hotelito a las afueras del bullicio, desconectado del verano y sólo frecuentado por gente del país. Serían tres días de paz y sosiego. Nadando, comiendo delicias del mar, bebiendo lo justo para hacer explotar risas sanas y sinceras y durmiendo y también soñando. Además Teresa, su amiga, tenía que guardar fuerzas porque a la vuelta se embarcaba en lo que era el viaje de su vida junto a su actual pareja, Rodrigo, rumbo a un Japón desconocido y distinto que la enamoraba. La acompañaba en esta escapada por el amor que sentía por Sofía, a la que veía perdida y desorientada, para animarla y recordarle que siempre estarían juntas, pasase lo que pasase. Era la fidelidad, en el sentido más amplio de la palabra, la característica que predominaba sobre cualquier otra en su amistad.


Decidieron aprovechar la mañana y recuperarían el sueño robado por el madrugón con una reconfortante siesta. Apreciaron la vida del pequeño pueblecito donde se encontraban visitando el mercadillo hippie que precisamente ese día recalaba allí. Compraron baratijas para colgar en sus cuellos, muñecas y tobillos. Transformaron de azul el color de sus ojos observando la belleza de la playa donde empezaron a tostar sus pieles confundidas aún con la transparencia de la arena fina que las rebozaba. Comieron pausadamente, entre confidencias y un Rioja fuerte y exquisito al paladar, alargando la sobremesa en el ambiente cálido y familiar que desprendía el pequeño comedor. Se sentían como en casa y habían congeniado estupendamente con los camareros que las agasajaban y mimaban. El café, en la terraza con vistas a la playa donde habían disfrutado por la mañana, fue el colofón sublime antes de llegar a la siesta en la acogedora y coqueta habitación que compartían las amigas. En solo unas horas llenaron sus pulmones de un aire fresco que sustituyó al gastado y enquistado que les acompañaba durante el resto del año. Sofía sentía esbozos de felicidad y notaba que en tal estado podría llegar a ser feliz.


Por la noche, tras la cena, ligera y breve en contraposición con la comida, decidieron dar una vuelta por los alrededores del hotelito, rodeado de palmeras y cuidados jardines hasta hacer tiempo para visitar el pub que les habían recomendado los camareros. El paseo sentó de maravilla a Sofía que se había despertado un poco tocada de la extensa siesta y empezó a tener ganas de bailar y dejarse llevar por la libertad de no tener ninguna responsabilidad.


En el pub sonaba buena música española de los 80 y 90 y el humo de los cigarrillos acaparaba casi todo el ambiente dibujando siluetas intermitentes. La barra a tope de personas conversando, parejas susurrándose palabras al oído, risas de grupos de amigos deseando pasarlo bien. Todos con el mismo perfil que Sofía y Teresa, treintañeros con y sin pareja, dejándose llevar por los placeres ocultos, y no tanto, que envuelven las noches de verano. Enseguida David, uno de los camareros del hotel las vio y se acercó en su búsqueda. Pero Sofía ya se había dejado hechizar por el camarero del pub que, cien veces más atractivo que el Cruise de Cocktail, servía copas a un grupo de ruidosas mujeres sin apartar la mirada del rostro de ella que, conforme caminaba hacia la barra, mutaba el tono dorado de su piel en un rosa rojizo provocado por el calor del local y el fuerte repiqueteo de los latidos de su corazón.


Y pasaron toda esa noche juntos, tras acompañar a Teresa a la habitación, cerrado el pub, en el apartamento que Héctor había decorado al estilo marinero, comiéndose sin pausa los cuerpos hambrientos que los sostenían y hablando hasta quedarse sin saliva.


Por la mañana después de desayunar y zambullirse calientes en el afrodisíaco mar Héctor la acompañó hasta la puerta del hotel. Por el camino entre callejuelas pintadas de blancas fachadas, en el interior de alguna casa con niños, habían escuchado la voz sorprendida y extasiada de uno de ellos que llamaba a su madre la atención gritando, mam
á, mamá huele a colonia de mar y ambos se habían mirado y habían comentado la ocurrencia divertidos jugando a imaginar a qué podía referirse.



Sofía durmió un par de horas, el tiempo necesario para que su delgado cuerpo se recuperase, y fue a buscar a Teresa a la terraza del hotel, donde ésta conversaba animada con un grupo de universitarios que ya habían estado rondándolas el día anterior. Héctor pasaría a buscarlas en menos de una hora para invitarlas a comer al restaurante propiedad de una pareja amiga suya. Durante el trayecto en coche, de poco más de quince minutos Héctor les contó que había vuelto a su pueblo después de llevar más de diez años viviendo en Madrid y trabajando como técnico informático pero que había regresado tras su separación y había abierto el pub junto a su amigo de toda la vida que ahora se encontraba de viaje de novios por la India. Bromearon sobre la alergia al matrimonio que profesaban los tres y Héctor concluyó diciendo que volver a su tierra había sido lo mejor que había hecho en mucho tiempo pues allí gozaba de una libertad ilimitada en todos los sentidos. Cuando llegaron al restaurante que se encontraba un kilómetro aproximadamente alejado de la carretera principal, entre un extenso bosque de pinos, el aire que se respiraba en aquel lugar despertaba positivamente todos los sentidos y, aunque el calor apretaba, la brisa se dejaba notar. Se trataba de un pequeño establecimiento, en madera gastada, de comida uruguaya y regentado por una pareja de sexagenarios que rendían tributo a su tierra decorando cuidadosamente todas las paredes del local con fotografías de Gardel del que proclamaban orgullosos su nacionalidad uruguaya en contra de lo que creía la mayoría de la gente. Sólo tres mesas eran ocupadas por parejas en aquel momento y tuvieron la opción de elegir una situada al lado de un gran ventanal abierto al exterior y sombreado por un centenario pino. Saborearon una inmensa parrillada de carnes tiernas y sabrosas acompañados de un vino uruguayo de fuerte sabor que no tenía nada que envidiar a cualquier español. La sobremesa se alargó de manera que quedaron solos en el restaurante y mientras degustaban un dulce licor de frutas hablaron larga y eufóricamente con los amigos de Héctor sobre España y Uruguay, del sentimiento poderoso que despertaba el tango, de Las venas abiertas de América latina de Galeano, sobre Fidel y La Revolución, sobre poesía actual hispanoamericana. Nunca, ni Sofía ni Teresa, habían tenido una conversación tan culta e intensa con unas personas tan dulces y respetuosas con las opiniones de los demás. Cuando se levantaron de la mesa un poco tocadas por el alcohol y el calor que envolvía el lugar y abrazaron con fuerza a Martín y Cecilia para despedirse, Sofía tuvo unas ganas enormes de llorar como una niña pequeña que busca consuelo y protección en sus amorosos padres. Se sentía una personal especial y afortunada.


La noche fue larga. Tras la cena aparecieron en el pub de Héctor donde ya las esperaban los camareros del hotel que habían terminado su turno. Héctor salió de la barra y besó suave y largamente a Sofía como si fuera un actor de Hollywood en su época dorada. Ella se dejaba hacer y esa noche fue la chica del camarero y ninguna mujer se atrevió a tontear con él. Cerca de las tres de la madrugada, poco antes de cerrar, Héctor dejó a cargo de sus jóvenes ayudantes el cierre del pub y junto a Sofía, Teresa y David se fueron a contemplar las estrellas a la orilla del mar. Como si de cuatro adolescentes se tratara compartieron algún que otro cigarrillo de rica marihuana e intentaron arreglar el mundo que caía aplastante sobres sus cabezas, debatiendo entre sonoras carcajadas. Pero llegaron los roces y Teresa y David se retiraron de la escena para dejar que la pareja disfrutara de su última noche. Teresa durmió sola, pero encendido su cuerpo por el beso furtivo de David al despedirse. También su corazón palpitaba, pero Rodrigo, su pareja, había ganado la batalla a lo fugaz y perecedero, el deseo de una noche ardiente de verano. Y ella se sentía satisfecha.


Héctor y Sofía hicieron el amor apasionadamente en la arena fresca y húmeda de la solitaria playa. Alimentados por la luz de la luna, prácticamente llena, sus cuerpos, sabiamente compenetrados, siguieron el ritmo pausado y enigmático del oleaje que rugía en contacto con la orilla y se confundía con el sonido jadeante de sus respiraciones conjuntas. Y se adentraron en el mar, una guarida inmensa de los ecos enamorados, rozándose, dejándose tocar por la mano líquida y escurridiza del agua salada que los acariciaba sin pausa.


Cuando el sol adormecido aún los quiso espabilar Sofía no quiso continuar hasta la casa de Héctor. Le pidió que la acompañase hasta el hotel y quiso despedirse en la puerta. Quería recordarle con el pelo empapado, salado y despeinado. Él le pidió acompañarla al aeropuerto y despedirla con un hasta pronto. Le dijo que quería volver a verla pero Sofía le contestó entre bromas pero con dulzura que eso se lo diría a todas las mujeres que conocía cada verano y Héctor le contestó con énfasis en cada sílaba y recalcando el singular de sus palabras que eso se lo decía a To-da-Mu-jer que le interesaba. Solamente ella. Sofía lo besó absorbiendo totalmente su aliento para no olvidar su sabor y caminó sin dejar de mirarlo hasta la entrada del hotel.


En la bulliciosa sala de espera Teresa hojeaba un periódico local y Sofía escuchaba embobada la voz melosa que anunciaba en varios idiomas los próximos vuelos mientras buscaba en su inmenso bolso un chicle. Entre el desorden encontró un papel arrugado con el sello del hotel. Reconoció enseguida la letra grande y clara de su amiga. Había escrito un nombre, Héctor Arranz, una dirección de correo electrónico y un teléfono móvil. Sofía miró a Teresa, que justo levantaba la vista de la lectura mirándola de reojo disimuladamente y se dio cuenta de cuánto la quería. Gracias a Teresa, además de sus datos personales, Sofía se había llevado de Héctor el olor a colonia de mar impregnado en su pelo. Hizo un guiño de complicidad con su amiga y comenzó a sonreír con sinceridad por primera vez en mucho tiempo porque por fin tenía motivos importantes para continuar.

Feliz verano a todos.