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Relato: El hada que no me enamoró

Cuentos y canciones

― ¿Qué te lleva de vuelta? ¿El trabajo, el amor, la añoranza?

― Todo eso y lo segundo esencialmente, y lo que hay ahí, ese trozo tan bello de mí. Es un cúmulo de sensaciones y debo darles paso.

Habíamos hecho el amor en aquella habitación de hotel impersonal y cálida a la vez, como si entendiera que los apegos no tenían cabida, pero sí los recuerdos. A él le separaban casi diez mil kilómetros para alcanzar su sueño, a mí poco más de seiscientos para volver a una rutina cómoda y sin sorpresas.

Nos habíamos visto varias veces, no muchas ni pocas, durante largos años desde que nos descubrimos en aquel concierto del Jamboree en el que el Jorge Drexler de los inicios no convocó ni a cincuenta personas.

Nos sentamos juntos por azar, mi amiga me lo había señalado nada más entrar. Bebimos cerveza mientras yo aplaudía como una cría a Jorge. Él le pidió un autógrafo para mí tras terminar el concierto, se conocían de viejas andanzas en su estimada Uruguay.

Nuestros encuentros nunca se convirtieron en una relación, aunque jamás nos atrevimos a ignorarnos y, sobre todo, dentro de nuestras idas y venidas y de largas ausencias, siempre nos respetamos. Tuvimos diferentes parejas de variada duración, los años dan para mucho. Amar, odiar, sufrir, reír, llorar. Ilusiones y decepciones, compartidas y ajenas. Pero siempre quisimos que nuestras pieles se palparan. Él llegó a casarse y aportó a este insensible mundo dos hijos varones igual de morenos y de intensos. Se separó. Y volvió a convivir con diversas mujeres que más que provocarme celos me daban un respiro en mis numerosas épocas de miedos y angustias, tanto reales como infundadas, y también en momentos de hermosas locuras. Yo solo me comprometí conmigo misma y eso que durante casi diez años me empeñé en ser esa mujer normal que todos los que me querían anhelaban conocer, y mantuve una relación convencional que me fascinó igual de rápido que me cortó las alas. Después, diversos amantes salpicaron mi cama. Él era especial. No me juzgaba. Si me añoraba, me añoraba de verdad. Si descansaba de mí lo hacía para volver a desearme.

Casi nunca hablábamos de nosotros. Compartíamos vinos y quesos. Ideas sobre un mundo ideal como viejos filósofos encadenados entre sí. Algunos cines. Varios de sus conciertos en los pubs más perdidos. Y el sexo salvaje y suave. Repentino y planeado. Sus gotas de esperma resbalaban por mi espalda los inviernos fríos y nuestras bocas simulaban el hielo junto al rico sudor en los cortos veranos. Vivir entre escalofríos, esa sensación que te mantiene despierto y te provoca.

Habían pasado casi treinta años desde que nos besamos con el autógrafo de Drexler arrugado en mi bolsillo. Y esa noche supe que sería la última vez que mis pechos volverían a sentir el placer de sus labios. Esta vez iba en serio.

― ¿Algún día escribirás una canción sobre mí? Quiero que la titules El hada que no me enamoró.

Él se sirvió otra copa y saboreó despacio sin decir nada. Acarició mi pierna desnuda con la mano libre de su otro vicio y continuó inmerso en nuestros silencios bañados por el tacto de unas caricias tibias. Yo esperé inocente una respuesta a esa pregunta.

Nos despedimos en el aeropuerto. Los caminos opuestos. Mi vuelo a Barcelona se retrasaba y pude acompañarlo hasta internacional para verlo partir con su vieja chaqueta y su pelo rizado, de espaldas a mis ojos. En la deslucida pantalla del embarque era Montevideo el que me lo robaba, no el amor de otra mujer, eso me dije convencida. Perdía a mi amante paciente, inteligente, ligero e impetuoso, como aquel personaje de Kundera, Sabina, que hizo que me enamorara de la levedad del ser, aunque ahora se me antojaba insoportable por su marcha.

Relato: El hada que no me enamoró

Llovía cántaros la precipitada noche, pero no lo invité a quedarse. Nos amamos con lenguas hambrientas, con prisas, rojas ya nuestras carnes. Mi jet lag amenazaba con dolor de cabeza y prefería estar sola. Recogió su ropa y vistió su cuerpo con furia mal controlada, al tiempo que me llamaba ninfómana egoísta e insensible. No quería saber nada de él, solo pegarme un largo baño e intentar dormir lo que quedara de madrugada. Era cierto que hacía un año que aplastaba a mis amantes con el juego de un buen sexo, pero sin exigir la caricia, sin deseo de ser amada. Solo un trato entre adultos de duración definida, solo por mí, sin consenso ni posibilidad de una mínima negociación. Cuatro encuentros eran suficientes para dejar de exigir su calor, y echarlo así de mi vida era la garantía de que no me molestaría. No estaba para historias. Estaba para mis propias tristezas, compartirlas no era un plan rentable para nadie. Abrirme a la vida se complicaba sin tener consciencia de ello, prefería marchitarme sola, asumir ese riesgo, aunque nadie fuera capaz de comprenderlo.

Ni una hora aguanté sin dejar de pensar con los ojos cerrados, en un intento inútil de descansar de mí. Preferí no tomar nada y encendí el televisor sin saber por qué. Hay poca imaginación en las mentes de aquellos mediocres que pretenden ser creadores sin nunca discutir nada. Películas repetidas hasta la saciedad, ventas de objetos sin sentido por maniquíes mercenarios de la sociedad llenaban la parrilla, asesinando el interés por algo que nos haga sentir que aún estamos.

Y de repente, él. Aplaudían su presencia. La tele mostraba imágenes de preciosas mujeres que lo miraban embobadas mientras sus parejas sonreían como tontos, quemadas sus manos por la fricción de maderas falsas. El escenario enorme. Su guitarra. Sus ojos negros y brillantes. Ese hoyuelo que mordí tantas veces en noches como esta, con la diferencia de que no había ni un ligero rastro de desánimo, ni deseo apagado, ni indeseada soledad.

Entendí que le daban un premio. Vi el lujo y el vacío del espectáculo de los Grammy Latinos. Hasta que comenzó a tocar. Sus hermosos dedos, aquellos que mojados en saliva me tocaron antaño con la misma adicción y pasión como hacían ahora con el instrumento que empezaba a sonar. Y todo cambió. De nuevo lo hizo. Inundó la oscuridad que me habitaba. Su voz suave acarició mi oreja, erotizó mi piel, embelesó mi esencia.

Y entonces supe que me amó, a su manera. Y lo mejor, me amó, a mi manera. Nos quisimos. Sin juzgar ni arrasar. Sin imponer, con tolerancia. De la misma forma que yo lo amaba aún, a pesar de no necesitarlo, gracias a no necesitarlo. Reviví sus caricias y, tras escuchar lo que tanto tiempo añoré sin saber, inmensa esa canción en su voz, por fin, pude dormir.

Seguiré tu rastro cada mañana

Por el camino del bosque

Buscaré tu rostro templado

entre el hermoso rocío

La mañana cantará los deseos de antaño oscuros

Y besaré tu mejilla

Tú serás mi campanilla

Seguiré tu rastro cada mañana

Cuando las nubes

Muevan suaves las formas

Dibujaré tu boca manzana rosa

Junto a una roca

Esmeralda tu beso

Miel son tus senos

Mi hada no me enamoró

Mas la quiero sin tiempo

Mi hada no me enamoró

Pero añoro su sexo

Esa luz que me alumbra

Ese abrazo tan tierno

Mi hada no me enamoró

Mas la quiero sin tiempo

Mi hada no me enamoró

Pero añoro su sexo

Esa luz que me alumbra

Ese abrazo tan cierto

Seguiré tu rastro cada mañana

Tras amar esa brasa que persiste en la nada

La magia del que despierta

Mientras duermes maldita entre sombras febriles

Recogida en tus huesos

Iluminada en mi aliento

Como sed apagada tras la resaca

Seguiré tu rastro cada mañana

Como fiel es el perro

Que no tiene camada

Tus pasos empapando el barro fiero

Que dibuja la carga de tu fugaz mirada

Y que siembra en reposo

Pájaros rojos

Mi hada no me enamoró

Mas la quiero sin tiempo

Mi hada no me enamoró

Pero añoro su sexo

Esa luz que me alumbra

Ese abrazo tan tierno

Mi hada no me enamoró

Mas la quiero sin tiempo

Mi hada no me enamoró

Pero añoro su sexo

Esa luz que me alumbra

Ese abrazo tan cierto

© Noelia Terrón Torres

Gracias por leerme, enamorado de la literatura

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