¿Puede ser una habitación protagonista de una novela?

DE ESPALDAS AL MAR

Habitaciones. Sombrías o llenas de luz. Algo ocurre cuando se cierra una puerta.

Compartidas. Con una misma. Con alguien ocasional, perecedero o inmortal en nuestro corazón.

Habitaciones. Abiertas de par en par. Vividas en solitario. Para descansar, amar. A veces, llorar.

Camas. Individuales o dobles. Retozar en ellas. Sudarlas. Para el recuerdo. Pasado y futuro entre sábanas.

Nuestro cuenta cuentos en la noche. La madrugada insomne. El tic tac de la vida que nos secuestra el sueño.

¿Puede ser una habitación protagonista de una novela? La literatura siempre nos demuestra que sí.

En De espaldas al mar tenemos unas cuántas ¿Querrás recorrerlas?

Los sueños se viven despiertos.

Las pesadillas tienen nombre propio.

Los recuerdos se cuentan en voz alta, con una cerveza y mucha piel desgarrada.

Aquí tienes un pequeño fragmento de De espaldas al mar. Fernan y Magalí quieren que los veas.

Feliz fin de semana, enamorados de la literatura. Muaaaaac.

Me agarraba fuertemente la mano y sólo la soltaba al contar hasta tres, y corríamos sin una meta clara riendo a carcajadas cuando me alcanzaba y me hacía cosquillas con su barbilla al apretarme firme contra él. Entonces nos sentábamos exhaustos en el primer banco vacío que veíamos del parque, sacábamos las pipas y comíamos en silencio mientras observábamos a la gente pasar. Me encantaba cuando me guiñaba un ojo y seguía destripando con sus dientes la salada cáscara. De vez en cuando nos acompañaba mi hermana y entonces el silencio se convertía en cháchara con alguna historia mágica de las que ella se inventaba para sorprender a mi abuelo. Pero casi siempre íbamos solos. A esas horas de la tarde el lugar era un trajín continuo de pasos rápidos, madres con niños llorones y estudiantes adolescentes y escandalosos. Nosotros sólo mirábamos ese ir y venir de la vida sin más pretensión que la de pasar el rato justo antes de la cena. Cuando terminábamos nuestro paquete, mi abuelo miraba su reloj plateado, que resaltaba con su piel morena y decía: es hora de irnos. Tocaba su pierna mala, como si con ese contacto la pusiese a punto y consiguiese aliviar la molestia o el leve dolor que le ocasionaba la rodilla y volvía a darme la mano. Su contacto, intenso, cálido, me hacía creer que era el niño más seguro, más grande y más fuerte del planeta.

La única vez que vi llorar a Pepe fue una tarde de inmenso calor, anuncio de un verano inminente. Recuerdo que me había comprado un enorme cucurucho con el que yo me peleaba para que no se derritiera y evitar empaparme de dulce. Mi abuelo devoraba su cigarro y fijaba su mirada en un punto perdido en su cabeza. Aquella mujer alta y morena que pasaba casi cada tarde con dos niños más o menos de mi edad se cruzó agarrada de un despampanante tipo, quizás un poco más joven que ella. Ahora entiendo todo. 

Fernan hace una breve pausa, traga saliva y disimula como puede el amago de lloro que aparece en sus ojos. 

¿Quieres una cerveza?—Me pregunta. Y yo afirmo con la cabeza aunque él me ignora. Se sienta en la cama y se pone sus boxers. Durante unos segundos permanece dándome la espalda. No decimos nada ninguno de los dos y se incorpora para salir a la cocina. Yo me mantengo desnuda apoyada en la almohada, ninguna tela protege mi piel.

Giro mi cabeza y observo cómo el aire que entra por la ventana hace mover la cortina en un armónico y romántico baile, dejando entrever el cielo azul cada tres segundos. En la calle se escuchan las voces de la chiquillada, el ruido del tráfico y algún valiente pájaro que se resiste a abandonar la ciudad, quizás porque sus alas están atrapadas en una claustrofóbica e injusta jaula.

Fernan me ofrece la bebida. Está tan fría que el primer sorbo me sienta de maravilla. Se ha quedado apoyado en el marco de la puerta. En una mano su botella y en la otra un pitillo recién liado. Nos admiramos fijamente. Me gusta estar desnuda ante él.

Entonces, —le digo continuando la conversación—, esa mujer del parque es Paquita. 

(…)

 ©Noelia Terrón

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